La plaza que guardó el secreto del origen de la ciudad

  • Los cambios urbanísticos que ha sufrido durante décadas la plaza de la Aduana permitieron recuperar importantes restos como el teatro romano, oculto hasta la década de los años 1950

Este antiguo y deteriorado cliché se puede fechar en los primeros años del siglo XX, antes de las grandes reformas urbanísticas que posibilitaron el ensanche de la calle Alcazabilla y su apertura al tráfico rodado, en la década de 1920, y la recuperación monumental de la Alcazaba con el derribo de las construcciones parásitas que se le habían adosado durante el siglo XIX. El espacio de esta plaza coincidía con el epicentro de la Malaca romana. Ya durante la construcción del Palacio de la Aduana, a finales del siglo XVIII, aparecieron numerosos restos como estatuas, lápidas, pedestales, restos de un acueducto y de un horno de fundición. Pero no fue hasta 1951, con la cimentación de la Casa de la Cultura sobre unos solares de la calle Alcazabilla, cuando salieron a la luz los primeros indicios del teatro romano.

Desde que la Alcazaba había sido ocupada por multitud de viviendas, esta zona se había convertido en un barrio peculiar de la ciudad que no disponía de apenas ningún servicio público y que era considerado como un lugar peligroso y poco recomendable. Todo cambió, según el historiador Víctor Heredia, cuando en 1933 comenzaron las obras de recuperación de la fortaleza medieval, impulsadas por el arquitecto Leopoldo Torres Balbás y por el erudito malagueño Juan Temboury, obras que se prolongaron durante las décadas siguientes y que dieron por resultado la imagen actual del monumento. También intervino en los proyectos iniciales para recuperar la Alcazaba otro insigne arquitecto, el gallego Antonio Palacios, que llegó a concebir unos grandes edificios de estilo neoárabe para la calle Alcazabilla. Aunque de sus proyectos sólo llegó a ejecutarse el edificio que hace esquina entre las calles Císter y Alcazabilla, justo enfrente de la Aduana.

En el centro de la antigua plaza del Alcázar, antesala de la entrada de la Alcazaba, desde muy antiguo existía una fuente pública. A finales del siglo XIX se instaló en ese lugar una fuente de fundición coronada por una crátera o jarrón, similar a otras que se colocaron en diferentes puntos de la ciudad, y que fueron bautizadas popularmente como fuentes de la olla. Según Heredia, alrededor de la misma siempre había gente del barrio para tomar agua para sus casas, además de los aguadores que cargaban en borricos para luego venderlo por las empinadas calles de la Alcazaba. El hecho de albergar varias sedes oficiales hizo que la plaza de la Aduana fuera destino de numerosas concentraciones cívicas y manifestaciones de carácter político, así como de no pocos sucesos revolucionarios. En julio de 1936 las tropas sublevadas intentaron sin éxito hacerse con el control de la Aduana ante la resistencia de las fuerzas leales al gobernador civil, lo que ayudó al fracaso del alzamiento en la ciudad.

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