Cerca del Tajo

  • El productor, representante artístico y director de la Suma Flamenca de Madrid, Juan Verdú, presenta un libro de memorias, un género muy escaso en la bibliografía flamenca.

El jardín del flamenco. Juan Verdú. Ediciones Alfabia, 199 páginas. Libro+CD.

Lo cuenta como lo vivió: Juan Verdú ofreció el flamenco a los responsables, de izquierdas, de la organización de la Expo 92. Y los responsables, de izquierdas, le contestaron que no. Que el flamenco era una cosa del pasado, franquista. La copla logró encontrar su hueco. El flamenco, no. Los responsables, de izquierdas, no sólo demostraron un desconocimiento absoluto de la historia del flamenco. También demostraron un desconocimiento grande de la historia de la izquierda española. No conocían al Chato de las Ventas, cantaor, fusilado en Badajoz por su compromiso republicano. No conocieron a otros caídos en la contienda por su filiación izquierdista como el Corruco de Algeciras. No conocieron a los exiliados por el mismo motivo Angelillo, Niño de Utrera, Luis Maravilla, o El Pena. No conocieron a los represaliados Canalejas de Puerto Real, Manuel Vallejo, el inventor del fandango republicano, la Niña de la Puebla, Guerrita, Niño de la Huerta, José Cepero, etc.

Pero esta obra no es una investigación histórica. Ni tampoco un libro de desagravios. Es una obra de memoria. Lo que domina en ella es la nostalgia, el tono elegíaco. Es un libro de despedidas. Despedidas grandes y pequeñas, de grandes amores o de maravillosos desconocidos. El libro le dice adiós a la cantante Cecilia, muerta en un accidente de tráfico, o a la leche en polvo americana, de Asfalto y de la infancia del autor. También a los grandes proyectos de Verdú como su programa de radio, Madrid Flamenco, que permaneció en antena 25 años y un día desapareció, de repente. Aunque dejó rastro. O la Cumbre flamenca. O la revista La Caña. O la serie de televisión Tirititrán. Por cierto que en Canal Sur también dijeron lo mismo: no nos interesa el flamenco, ni mijita. Aunque tuvieron que apechugar con la copla. Y todo trufado de reflexiones existenciales o, porque no, algún reproche a "esta España nuestra" : "Los españoles hemos sido siempre reacios a lo que viene de nuestra tierra". Lo dice cuando se cansó de intentar vender el flamenco en España. Luego llegaron los Gipsy Kings o Manu Chao. El arte de España con marca francesa. Pero Juan Verdú ha vivido, vive, y, aunque tiene su punto de vista sobre las cosas del flamenco y de España, no deja de ser agradecido con los que lo acompañaron, con sus colaboradores. Aunque sean políticos como Mario Trinidad.

Uno de los rastros que dejó el programa Madrid Flamenco fue el de la vuelta feliz en el ocaso de su vida de uno de los grandes tocaores de la historia: Sabicas. Una vuelta que nos propició algunos conciertos memorables, unas cuantas reflexiones, unas fotos estupendas de Paco Manzano y un disco maravilloso llamado Morente-Sabicas, con dos sonetos de Joaquín Sabina. Evoca Verdú al maestro Sabicas en las largas entrevistas que mantuvo con él, con o sin micrófono, y con José Manuel Gamboa. Sabicas es uno de las grandes del flamenco, de la guitarra. Sabicas, que nació en Pamplona, acaso en 1912, se fue de España en 1937 y murió en Nueva York en 1990, poco antes de que la mencionada grabación viera la luz. Su palabra, en primera persona, transcrita en este libro, es la historia viva del flamenco: ante nuestros ojos desfilan la Niña de los Peines, Valderrama, Carmen Amaya, la guitarra flamenca solista, Japón, su hermano Diego… Sabicas nunca aprendió el inglés. Para eso tenía a su hermano.

Miguel Candela. El texto está escrito, obviamente, antes de la repentina y dolorosa desaparición del ínclito tabernero y festivo amigo. El tono elegíaco lo da el desfile de seres humanos que pasa ente nuestros ojos: Camarón, Paco de Lucía, Morente, Ray Heredia, Juan Diego, Bonifacio Alonso, Juan Echanove, Nicolás Dueñas, Alfredo Mañas, Riqueni, Gerardo Núñez, Ketama, Fernanda de Utrera, Farruco … todo es un sueño y todo es real. Las noches del Candela, etílicas y flamencas. Verdú lo cuenta, desde el presente, como el testigo y protagonista de tantas amanecidas que fue. "Las gafas de sol se inventaron para los flamencos".

Las dos despedidas más emotivas de esta obra las protagonizan Pina Bausch y Enrique Morente.

La bailarina alemana fue una trágica aficionada al flamenco. Morente se despidió de Verdú, sin que este fuera muy consciente de lo que estaba pasando, según confiesa, cerca del Tajo, en una noche lisboeta, después de un concierto. Morente le contó a Verdú aquella noche su vida, sus deseos, sus anhelos, el respeto a sus hijos. Por eso hay un capítulo dedicado a Estrella Morente, prologuista asimismo de la obra y coprotagonista, junto al autor, de su portada.

Pero Verdú habla también de esperanzas, de los inicios de dos jóvenes hoy en plena madurez, Sara Baras y El Cigala. Y de cosas más recónditas, como sus amores, su infancia, su coche y su oficina, que no existe, como su peluquero. Su oficina, para bien o para mal, son los bares. Porque en las páginas de El jardín del flamenco conviven las estrellas de la danza mundial con seres anónimos, a veces con nombres y apellidos, que marcaron también toda una vida, la de su autor, dedicada a este arte. Y desvela, por fin, y en dos ocasiones, uno de los secretos mejor guardados de la historia del flamenco: su fecha de nacimiento. Pero claro, para eso hay que leer entre líneas, no lo iba a poner tan fácil.

Irene Papas es, en El jardín del flamenco, joven y bella, como su autor. Manolo Nieto, Carmen Alborch, Pilar López, Pedro Almodóvar, Mike Figgis y un larguísimo etcétera de abigarrada humanidad también desfilan por estas páginas emocionadas.

El tono es testimonial y en primera persona. Y, pese a tratarse de una elegía, generacional y personal, es el optimismo la nota dominante. Verdú dicta sentencias con una sonrisa. Es el optimismo de "lo que hemos vivido, lo que nos queda por vivir, ¡cómo lo estamos pasando!". Por supuesto que el Juan Verdú escritor, como el de carne y hueso, es un ingenioso. Pero, como escritor, jamás se pierde en el ingenio, en el fuego de artificio, porque lo salva la vivencia, la honestidad del que vivió en primera persona y a corazón abierto. Una generación española y flamenca. Un individuo, un ser humano que goza, padece y se emociona en las páginas. Son 199 páginas más un CD con cantes de los discos Se hace camino al andar y Lorca de Enrique Morente, y Mi cante y un poema y Mujeres de Estrella Morente.

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