Mito y realidad de Marchena

  • La Federación de Peñas de Sevilla, junto con la Diputación de Sevilla y el Instituto del Flamenco, publican las obras completas en pizarra del mítico cantaor Niño de Marchena

Obras completas en 78 rpm. Niño de Marchena. 17 CD y Libreto. Ed. Juan Castañeda. Textos: Manuel Martín Martín. Federación de Peñas / Diputación / Instituto del Flamenco.

Marchena sigue seduciendo. A 111 años de su nacimiento y 38 de su muerte, sigue siendo uno de los referentes del flamenco. Y no sólo eso. Sino que el magnífico publicista que fue Marchena ha sometido a todos, a sus seguidores pero también, y creo que en una medida aún mayor, a sus detractores. Cuando hablamos de Marchena siempre tenemos que hablar de polémica. Porque fue un artista de éxito, fundamentalmente, y libre. Marchena dijo aquello de que él le dio dignidad al cante, lo vistió de limpio, le dio sex appeal "como dicen los franceses" (sic) y sus detractores lo creyeron. Y fundaron en ello su crítica, su tarea de destruir el mito cantaor que fue: Marchena sacó el flamenco de su ámbito legítimo, íntimo, e hizo de él un arte de masas. Lo cierto es que hubo otros publicistas antes de Marchena, empezando por el creador mismo del cante flamenco, Silverio Franconetti. Si Marchena se llama a sí mismo "maestro de maestros", Franconetti se concedía el título de "Rey de los cantadores andaluces". Por cierto que Franconetti jamás usó en su abundante publicidad la denominación de flamenco, nombre que no era del gusto de Marchena, precisamente. Si Marchena cantó en teatros antes de él lo hicieron Vallejo, la Niña de los Peines, Chacón, El Mochuelo, Franconetti …. todos los cantaores de éxito anteriores a él. Pero Pepe Marchena quiso crear un mito, un antes y un después. Y sus detractores le siguieron el juego, todavía se lo siguen. Marchena sigue seduciendo.

El Niño de Marchena y Pepe Marchena son los dos nombres artísticos que utilizó José Tejada Martín (Marchena, 1903-Sevilla 1976), uno de los más importantes intérpretes de este arte, el más en opinión de muchos. Esta edición, fruto del empeño de José María Segovia, presidente de la Federación de Peñas de Sevilla, viene a deshacer uno de los agravios más sangrantes de la historia del flamenco al poner en orden y al alcance de todos los aficionados la discografía marchenera, en especial la obra anterior a la guerra civil.

Una de las conclusiones que arrojan estas obras completas en pizarra es la confirmación de una obviedad: ciertamente el Niño de Marchena grabó infinidad de fandangos, una buena porción de cantes de levante y de los llamados americanos, esto es, guajiras y milongas, amén de la colombiana que inventara. Pero también registró profusamente seguiriyas, soleares, malagueñas, bulerías por soleá, cantiñas… Marchena siempre escapa de su propio tópico, independientemente de que el origen del mismo sean sus detractores, sus seguidores o él mismo. El maestro de maestros jamás queda atrapado en su propio verbo y una prueba evidente son los rótulos fantásticos de sus discos: tangos clásicos de los Montes de Toledo, Aires de la Sierra de Baena, Cante de la Campiña de Osuna, Cantes del Ecuador, Canción de los Luises del siglo XVIII, Aires de la Sierra de Almodóvar… se trata de una gustosa ironía contra los excesos de atribuciones de la flamencología de la época. La diferencia es que Marchena es plenamente consciente de que sus genealogías son fantásticas. ¿Cómo se articula esto con la minuciosa atribución que ofrece esta edición en su libreto? El oyente-lector tiene la última palabra al respecto. Otra conclusión que arroja esta obra es que esa descomposición, en el mejor o peor sentido del término, según quien hable, y la desjerarquización que se le atribuyen a Marchena eclosionan en una época tan descompuesta de la historia de España como la posguerra: de los 24 cantes que graba en los 40, 6 son las llamadas "creaciones personales", es decir, esa soberana mezcla de géneros que grabaron en la posguerra muchos intérpretes del momento: el Pinto, Valderrama, Niño de Utrera… Aunque el género había nacido antes. En todo caso, después de este súbito desorden, que era el desorden de una España arrasada, sin rumbo, sin presente ni futuro, y sin pasado por tanto, grabó esas Memorias antológicas donde, entre 55 cantes, no impresionó su colombiana. Las obras completas en pizarra de Pepe Marchena ilustran y puntualizan muchas cosas. Aunque no queda clara la discografía completa de Marchena. Es decir, ¿hizo alguna grabación en vinilo, además de la antología citada? Parece que no pero, como digo, no queda claro este extremo.

El quid de la cuestión es la frase que El Planeta le espeta al Fillo y que recoge Estébanez Calderón en sus Escenas andaluzas: "esa voz del Broncano es crua y no de recibo, y en cuanto al estilo ni es fino, ni de la tierra". Desde los 40 y 50 la flamencología se ha edificado sobre la idea de que el flamenco primitivo es crudo, austero, esencial, radical y viril. La realidad, que hoy es accesible gracias a los cilindros de cera, es que el flamenco de los orígenes, el decimonónico, el flamenco del Planeta, que nunca cantó por seguiriyas por cierto, de Silverio y Chacón, era un flamenco atenorado, belcantístico, fino, lírico, pleno de recursos vocales y que, en este sentido, Marchena, como Vallejo o Valderrama, son legítimos herederos del mismo. Lo cual no quiere decir que el flamenco de la posguerra no sea un invento maravilloso del que no podemos prescindir. El flamenco, como arte romántico, ha encumbrado el pasado mítico, el pasado inventado, y la mayor parte de sus genealogías actuales son tan reales como el Ossian de McPherson. Que existiera otro flamenco crudo oculto es, no ya una cuestión de fe, sino algo que no se ajusta a la realidad estética del periodo: son unos valores contemporáneos que, para justificarlos, situamos extemporáneamente en un pasado idealizado, irreal. El flamenco crudo es irreal pero eso no quiere decir que sea falso. Tiene que ver con nuestra esencia como seres humanos, no tanto con nuestra historia decimonónica. Tiene más que ver con la historia contemporánea, las guerras civiles y mundiales del siglo XX, que con nuestro pasado remoto. En este sentido Marchena, más que un descomponedor y un desjerarquizador es, como digo, un legítimo heredero de un arte que, desde sus orígenes, es una mezcla de elementos gitanos, americanos, negros, orientales, franceses, italianos y hasta españoles y andaluces. Quizá Marchena no lo supo de una manera intelectual pero lo vivenció en su arte, en su capacidad para aunar tradiciones propias y ajenas en el crisol rotundo de su garganta privilegiada. Porque quiso y porque pudo. Esta edición lo muestra a las claras.

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