La fiesta infinita

  • El Lebrijano rescata de su archivo una grabación de su boda con las voces de Pastora Pavón y Antonio Mairena

Confesaba Manolo Sanlúcar en su libro de memorias que las últimas grabaciones de La Niña de los Peines las hizo con la guitarra de Melchor de Marchena y con él mismo como segunda guitarra con tan sólo 15 años. Se trata de un ep grabado a finales de los años 50 y que jamás llegó a ver la luz. Su hallazgo sería de una importancia fundamental en la historia del flamenco, tres genios de tres generaciones flamencas unidos por el estudio de grabación. De igual magnitud puede considerarse esta edición de una grabación privada efectuada en 1964 en el transcurso de la fiesta de bodas de Juan Peña El Lebrijano. Tres intérpretes de primera magnitud, tres puntales de tres generaciones del cante, protagonizan la obra. Por una parte, el propio Juan; encontramos también a Antonio Mairena; y el genio del cante del siglo XX, Pastora Pavón La Niña de los Peines. La imagen que nos ofrece este disco de la última Pastora Pavón (recordemos que sus últimas grabaciones de estudio son de 1950) es la de una intérprete tan familiar como extraña. Con la voz envejecida, sí, metálica y reducida. Y, al mismo tiempo, inmensa en su dominio de la expresión, del melisma y del ritmo. Del sabor. Y también del timbre, del rajo. Aunque se trata de una cantaora en las puertas de la ancianidad, conserva el brillo y el conocimiento de toda una vida siendo la cantaora más trascendente de la historia. De ahí la variedad de melodías y letras que ofrece en esta hora y pico de fiesta que no acaba jamás. Mejor no se puede cantar.

Fue un encuentro único, memorable, que resume, prácticamente, toda la historia del flamenco. Pastora es una cantaora decimonónica: en la última década del siglo XIX tuvo lugar su aprendizaje y desarrollo del lenguaje jondo. Y escucharla en 1964, junto a las voces de Antonio Mairena, en la plenitud de su reinado jondo, y de Juan Peña, a las puertas de ese gran salto hacia delante que propinó a este arte, es un ejercicio alucinante. Ver a Velázquez junto a Goya y Picasso. El ojo, el oído, va de un momento histórico a otro condensados en un instante que por la magia de la grabadora quedará impreso para siempre. O para ese ratito que pasamos los humanos recorriendo este planeta que llamamos siempre. Y la pupila tarda un rato, en el oído se produce un desajuste momentáneo al pasar de la dicción, la afinación y las formas decimonónicas, a las del siglo XXI, pasando por el clasicismo reposado de Mairena. Mairena cálido, íntimo, gracioso en los cuples y recitados. Desinhibido lejos del estudio y la solemnidad rígida de la posteridad. Y Juan Peña pujante, pletórico, viril. Se ve una línea, la continuidad de una forma de decir el cante pero, al mismo tiempo, se evidencia más que en ninguna otra ocasión las enormes diferencias de expresión que se dan en estos grandes intérpretes.

Pero no sólo ellos: mágico Pepe Pinto con esa voz natural, juvenil, vibrante, llevando por bulerías los tercios aún más lejos, rompiendo el aire de transparencia, incluyendo con toda la naturalidad las tarantas en el ritmo de las bulerías. Y La Perrata, divertida, pícara y popular.

Un disco que es una obra de arte, también un documento histórico fundamental para lo jondo y, sobre todo, el retrato fiel de un momento único, de un instante que ya será, por siempre, una fiesta que no acabará.

La Niña de los Peines, Antonio Mairena, Juan Peña. Producido por J. P.

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