Jorge Klainman, el joven que sobrevivió al exterminio nazi

  • Pasó por varios campos de la muerte y fue liberado por las tropas de Patton cuando no tenía ninguna esperanza en Mauthausen.

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Hubo un tiempo en el que Jorge Klainman no tuvo nombre, fue un número, el 85.143. Era un adolescente judío, y entre otros trabajos desde que tenía 13 años había limpiado botas manchadas de sangre y de barro de sicarios ucranianos, construido ramales ferroviarios para los trenes de la muerte y trasladado y apilado rocas en una cantera bajo un frío polar. Su dieta era agua negra que llamaban café, una rebanada de pan del mismo color de cuatro milímetros de grosor y una sopa de agua caliente en la que flotaban cáscaras de patata como peces muertos en un acuario. Tenía 17 años, pesaba 26 kilos. Era 1944. Estaba en un lugar llamado Mauthausen.

Es 2015. Mediodía del último viernes de enero. En el salón de grados de la Universidad Pablo de Olavide en Sevilla no queda un hueco libre, los estudiantes ocupan los pasillos de acceso para oír la voz de un hombre que habla despacio. Cuando hace una pausa, el silencio es absoluto. Todo el mundo aguarda a que el hombre siga hablando. Es Jorge Klainman, el chaval sin nombre de 17 años, el 85.143 de Mauthausen.

El relato de Klainman es estremecedor. Aquel niño que había nacido en 1928 en Kielce, al sureste de Polonia, en el seno de una familia acomodada, supo que a las mujeres judías "más lindas" y de "piel más fina y limpia" las despellejaban para hacer con ella pantallas para las lámparas.

Una joven del público no puede reprimir las lágrimas. Klainman sigue adelante con su historia, la base de su libro El séptimo milagro, en el que recorre su periplo por varios campos de concentración nazis. Al día de hoy, Klainman sigue preguntándose cómo es posible que sobreviviera en el "infierno sobre la tierra". Fue el único de su familia que lo consiguió. "Vaivenes del destino", sostiene Klainman, que enumera episodios cuyo final habitual era un balazo en la sien o una ducha de zyklon B. Por ejemplo, siendo el schuhputzer (limpiabotas) de los "asesinos ucranianos" descubrió la despensa de uno ellos, "repleta de viandas", e intentó coger un trozo de pan. Fue sorprendido por el propietario, al que frenó un oficial alemán cuando se disponía a descerrajarle un tiro en la cabeza. "Trabaja para ti, ucraniano, ¿así le pagas?", cuenta Klainman que dijo el nazi. Él salió corriendo.

El problema del joven era su edad. El destino de los menores de 18 años era la cámara de gas. Pudo ocultarla y trabajar para sus carceleros. En otro momento clave de su "milagrosa" vida en los campos, Klainman se vio en un proceso de selección frente a un soldado alemán que le preguntó su fecha de nacimiento. Klainman titubeó, y después calló.

-Judío estúpido ¿Es posible que con tu estúpida cabeza no entiendas lo que te estoy preguntando? -le inquirió el nazi.

Entonces el chaval reaccionó.

-Perdón, señor. He comido poco, tampoco he dormido mucho. Estoy mareado y no he entendido bien, mi comandante.

Y le dijo que había nacido en 1925, cuando en realidad lo había hecho tres años después. De esa manera acreditaba 18 años.

-Si tú has nacido en 1925 yo soy Catalina la Grande -le replicó el alemán, que lo miró de arriba abajo y lo seleccionó con los mayores. Klainman se salvó otra vez.

"¿Qué había pasado? Muy sencillo, había llamado comandante a un soldado raso, y su vanidad pudo sobre todo lo demás. Estoy seguro de que sabía que yo no tenía 18 años, yo era un gurrumín esquelético", evoca Klainman con su acento porteño. Fue otro milagro. Pero no el más importante.

Klainman estuvo en el campo de trabajos forzados de Plaszow, en Cracovia, bajo el control del siniestro Amon Goeth, un "narcómano y sádico" coronel de las SS que practicaba el tiro al blanco con los judíos desde la terraza de su residencia, que dominaba las instalaciones del presidio. "¿Han visto La lista de Schindler de Spielberg?", pregunta Klainman a los universitarios. "Se la recomiendo". Klainman no entró en la nómina de los salvados por el industrial alemán. Al contrario, fue víctima de otro demoníaco juego de Goeth. "Nos hacía formar y nos iba contando hasta nueve. Al que hacía diez lo sacaba de un fustazo. Y volvía a empezar hasta llegar a otro décimo. Cuando tenía doscientos paraba. Al llegar la noche los fusilaban". Y un día, Klainman, que había sido otros números, fue el diez. Había llegado el fin.

Oyó los disparos. Cayó. Cuando despertó estaba en un catre cubierto con una sábana empapada en sangre. Uno de los guardias judíos que vigilaban los cadáveres de la matanza comprobó que vivía y lo dejó a la puerta de la enfermería, donde lo atendió hasta que sanó el doctor Ulman, también judío. La bala le entró en la pierna, no en la cabeza. "Una vez curado el doctor me dijo que asumiera la identidad de otro preso que agonizaba en la enfermería. Tú ya no existes. Han tachado tu nombre. Para ellos eres uno de los de la fosa. Y así me salvé otra vez, así no formé parte del millón y medio de niños que asesinaron esos criminales", relata Klainman.

La cercanía del Ejército Rojo propició el traslado de miles de judíos a otros campos, y Klainman llegó a Mauthausen para morir en él. Allí le esperaba la terrorífica cantera. Himmler había dado la orden de acelerar el exterminio al ser inminente el final de la guerra y con él la derrota del Tercer Reich. Muchos judíos murieron cargando rocas, extenuados, de hambre... "Y mientras, los aliados no hacían nada. Tenían información sobre lo que estaba ocurriendo. Destruyeron Hamburgo pero no bombardearon las vías de los trenes que llevaban a tantos inocentes a la muerte en los campos. Claro, todas aquellas víctimas no debían afectar el curso de la guerra. ¡Yo acuso!". Klainman alza la voz en su conferencia. Y arremete contra Roosevelt, "un antisemita", y contra Pío XII, "que lo sabía todo pero no dijo ni una palabra en defensa de los judíos ni demás inocentes que murieron en los campos". Muchos de cuyos cadáveres hicieron llorar a los curtidos tanquistas de Patton cuando llegaron a Mauthausen y descubrieron aquella innombrable masacre. Entre los supervivientes repartieron chocolatinas y cigarrillos. Klainman estaba entre ellos. Había sobrevivido a la Bestia. Entonces inició la búsqueda de los suyos: en Italia, el país con el mayor número de supervivientes, en Austria, en Alemania… Nadie. Hasta que tuvo noticias de una tía suya que se había instalado en Argentina. Allí recaló. Y allí conoció a Teresa y "rehice mi vida con una familia maravillosa".

¿Pesadillas? "Alguna que otra noche, pero no necesito pastillas. Estoy vivo y con mi nombre. Ellos no, están muertos. Y los pocos que quedan están escondidos con un nombre falso. A pesar de todo aquello, nosotros ganamos".

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