Polonia conmemora el trigésimo aniversario de Solidaridad

  • El primer sindicato libre en un régimen de Europa del Este significó el inicio del final de la Guerra Fría y el hundimiento definitivo del sistema comunista

La imagen dio la vuelta al mundo hace 30 años. Lech Walesa, un electricista de la ciudad de Gdansk, firmaba un acuerdo con la cúpula comunista polaca tras dos semanas de huelga. "Hemos conseguido todo lo que se podía conseguir en esta situación", dijo Walesa, que llevaba una estampa de la virgen en la solapa.

Polonia conmemoraba ayer con discreción el aniversario de lo que supuso un hito en la historia del siglo XX.

El líder obrero de 37 años y sus seguidores en el astillero Lenin en Gdansk lograron entonces que el régimen les hiciera una concesión histórica: el derecho a una representación propia e independiente para los trabajadores.

El sindidato Solidarnosc (Solidaridad), fundado poco después, contaba pocos meses después con diez millones de afiliados, una tercera parte de la población adulta de Polonia. Ello acababa de facto con la pretensión del régimen comunista de ser los únicos representantes de los intereses del pueblo.

"No hay vencedores ni vencidos, ambas partes han ganado", aseguraba el negociador del Gobierno, el viceprimer ministro Miezcyslaw Jagielwski, a sus compañeros de partido.

La frase, en realidad, intentaba disimular el alud que se acababa de poner en marcha: el comunismo empezaba a desmoronarse. Nueve años después caería el Muro de Berlín y todos los países de Europa del Este empezarían sucesivamente a emanciparse del imperialismo soviético.

El sindicato vivió una tensa huelga durante 18 días, marcada por el temor a la posible intervención de las fuerzas del Estado. Diez años antes, el Gobierno había reprimido de forma violenta protestas laborales similares en Gdansk y Gdynia.

La chispa saltó a otras ciudades de la costa este polaca, y se encendió luego en todo el país. A finales de agosto un millón de personas reclamaban en huelgas más libertades. El astillero de Gdansk se convirtió en el centro de las protestas. Intelectuales de izquierda y representantes católicos como Tadeusz Mazowiecki y Bronislaw Geremek apoyaban a los huelguistas.

La esperanza de conseguir establecer un "socialismo con rostro humano" tras el éxito de las huelgas acabó de forma abrupta en diciembre de 1981 con la declaración del "estado de guerra" en Polonia. El jefe de Estado y de partido, el general Wojciech Jaruzelski, envió soldados y tanques para acabar con Solidaridad. Miles de sindicalistas, entre ellos el propio Walesa, fueron detenidos. Docenas murieron en los enfrentamientos con la policía.

Sólo a finales de los 80 Jaruzelski ofreció el diálogo a la oposición, en parte presionado por la catastrófica situación económica del país. A comienzos de 1989 los críticos del régimen y los líderes comunistas llegaron a un acuerdo por el cual Solidaridad empezó a contar con influencia política. El sindicato, comentó entonces Walesa, había conseguido "domar al oso ruso".

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