La burocracia frena la perestroika

  • La parálisis que sufre la modernización que pregona el presidente Medvedev debido al enorme y corrupto aparato burocrático recuerda al estancamiento que sufrió Gorbachov en su tiempo

El enorme aparato burocrático, con su inercia, egoísmo y la corrupción que lo corroe, es el principal freno para la modernización que pregona el presidente ruso, Dimitri Medvedev, que hace recordar cada vez más la perestroika de finales de los 80.

"No es un secreto que desde determinado período en nuestra vida política han empezado a aparecer síntomas de inmovilismo y hay peligro de que la estabilidad se convierta en un factor de estancamiento", admitió la semana pasada en su blog el jefe del Kremlin.

Al hablar de estancamiento Medvedev usó la palabra zastoi, la misma que empleó en su momento el líder soviético Mijail Gorbachov para argumentar y defender su política de reformas que pasó a la historia como la perestroika.

Tras cinco años de reformas, encorsetadas por los compromisos con los sectores inmovilistas y torpedeadas por el aparato del gobernante Partido Comunista, la perestroika sucumbió tras la asonada golpista de 1991, emprendida por los máximos dirigentes del Estado.

También la "modernización" que promueve Medvedev se enfrenta al inmovilismo en el partido gobernante.

"Si la oposición no tiene la más mínima posibilidad de ganar en una lucha honesta, se degrada y cae en la marginalidad. Pero si el partido gobernante nunca y en ninguna parte corre el riesgo de perder se petrifica y, a fin de cuentas, también se degrada, como todo organismo que queda sin movimiento", dijo.

Igual que en los tiempos de Gorbachov, nadie mostró su desacuerdo y hasta el "petrificado" partido gobernante, Rusia Unida, no tardó en apoyar "plenamente" al presidente.

Sobre todo, en su cautela en que las "reformas políticas no deben conducir al caos y la parálisis de las instituciones democráticas", por cuanto su objetivo es "fortalecer la democracia y no destruirla".

Entre tanto, el salto de popularidad de Medvedev en las encuestas, a punto de igualarse a la de Vladimir Putin, se produjo tras la fulminante destitución del alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov.

Suprimidas desde hace dos años las elecciones de gobernadores y alcaldes de las mayores ciudades, ésta es ahora la forma con la que los rusos hacen llegar al Kremlin su anhelo de cambios, su cansancio por la corrupción y la omnipotencia de los caciques regionales.

Los mismos males frenan hoy las inversiones que Rusia necesita para impulsar la modernización. Hace unos días el primer ministro Putin amonestó al gobernador de Penza, Vasili Bochkarev, por las más que escasas inversiones a esa región, situada en el centro de la parte europea de Rusia.

Simultáneamente, en la prensa rusa aparecieron denuncias de que Veniamin Bochkarev, sobrino del gobernador, canjeó un paquete de acciones por valor de 6.000 rublos (unos 153 euros) por bienes del Estado valorados en 33 millones de rublos (840.000 euros) y está a punto de apoderarse de la industria lechera de la región.

Según reveló el semanario Nasha Versia, en los círculos de negocios de Penza el gobernador Bochkarev tiene el apodo de Participación, aunque las participaciones en los negocios prósperos de la región pertenecen oficialmente a la agencia hipotecaria de su sobrino.

"Hasta hace poco para las autoridades rusas la principal exigencia era que en las regiones no se produjeran conmociones sociales y los gobernadores garantizaran los resultados electorales necesarios", explicó Nikolai Ovchinnikov, ex jefe del gobierno regional de Penza.

Hoy, Ovchinnikov denuncia la "desaparición" de los presupuestos regionales de casi 900 millones de rublos (unos 22,9 millones de euros). A su juicio, la situación parece cambiar, pues ya ha llegado al punto cuando en Penza sólo funciona lo que es financiado por Moscú. Y la paciencia de la gente no es infinita.

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