El volcán egipcio, reactivado por medio del fútbol

  • Intelectuales de izquierda, cristianos, anarquistas, islamistas, trabajadores y seguidores del Al Ahli, lucharon juntos para derrocar a Mubarak. Ahora se enfrentan entre ellos.

"¡Lárguese!", gritaban hace un año al entonces presidente Hosni Mubarak los manifestantes de la  plaza Tahrir de El Cairo. Intelectuales de izquierda, cristianos,  anarquistas, islamistas, trabajadores y seguidores del club de fútbol  cairota Al Ahli luchaban entonces unidos contra un enemigo común. Hoy pelean unos contra otros con palabras, piedras, bombas incendiarias o  munición real. 

La tragedia en el estadio de fútbol de Port Said es sólo uno de  los muchos brotes de violencia que han surgido en el país desde la  caída del Faraón.  Según analistas independientes, en estos disturbios participan  miembros corruptos del aparato de seguridad procedentes de la era  Mubarak, así como alborotadores. De vez en cuando también se  involucran revolucionarios frustrados que se sienten traicionados. 

Muchos de los jóvenes activistas que en enero pasado organizaron  las primeras protestas contra Mubarak se sienten todavía rodeados de  enemigos. Por un lado está el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas,  que quiere mantener sus privilegios y su presupuesto. 

Por otro, los funcionarios del Ministerio de Interior, que siguen  siendo intocables. Y ahora se añaden los Hermanos Musulmanes, que  tras su llegada a las instituciones no quieren ser molestados por  protestas de jóvenes revolucionarios. 

"Antes de la revolución les apoyamos, pero ahora se vuelven contra  nosotros", podía leerse esta semana en una carta abierta que el grupo  6 de Abril envió a los hermanos Musulmanes.  "Están construyendo una milicia para evitar que avancemos hasta el  Parlamento con nuestras exigencias", acusa el grupo a los islamistas,  que conforman el mayor grupo parlamentario tras las primeras eleciones de la era post-Mubarak. La organización acusa además a los  Hermanos Musulmanes de comportamientos similares al del ahora  prohibido partido de Mubarak. 

También la burguesía liberal se siente profundamente decepcionada con la revolución inacabada, que ha supuesto un cambio de personal en  la cúpula pero no una renovación cultural. Y es que mientras la  prensa se concentra el viernes en los disturbios, una pequeña noticia  pasa prácticamente desapercibida: Abdel Imam, el actor más famoso de  Egipto, fue condenado en primera instancia a tres meses de prisión  por haber ofendido supuestamente al islam en antiguas  representaciones teatrales. 

En realidad, el actor no se burló directamente de la religión. La pieza mostraba cómo islamistas radicales de larga barba intentaban  prohibir el alcohol y los biquinis. Lo que Imam no podía imaginar  entonces es que un día los islamistas llegarían al Parlmento, donde hoy cuentan con 24 escaños.  Los únicos aliados con los que aún cuentan los activistas son  pequeños grupos de intelectuales de izquierda y los seguidores del  equipo Al Ahli, que en los últimos meses estuvieron presentes en casi  todos los enfrentamientos con la policía. 

Por eso, no hay que descartar por completo las teorías conspirativas que apuntan a que la violencia desatada en el estadio  el miércoles fuera en realidad una acción dirigida contra los  politizados fans del Al Ahli.  Pero la teoría de la conspiración más peculiar sobre lo ocurrido  en Port Said llegó desde la policía religiosa saudí. Según puede  leerse en su cuenta de twitter: "Lo ocurrido en Port Said tras el partido es un castigo de Alá a los jugadores por no cubrirse", es  decir, por vestir pantalones cortos.

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