Absolutamente cine

Drive. Thriller, EEUU, 2011, 100 min. Dirección: Nicolas Winding Refn. Guión: Hossein Amini. Intérpretes: Ryan Gosling, Carey Mulligan, Christina Hendricks, Ron Perlman, Bryan Cranston, Oscar Isaac, Albert Brooks, Tina Huang, Joe Pingue. Música: Cliff Martinez. Fotografía: Newton Thomas Sigel. Cines: Vialia, Plaza Mayor, Málaga Nostrum, Rincón de la Victoria, Alfil, Miramar, El Ingenio, La Cañada y Gran Marbella.

Drive tiene el perfume negro y trascendental de las películas de Paul Schrader (sobre todo de la injustamente olvidada Posibilidad de escape) en las que, por herencia de Jean-Pierre Melville, el universo del delito es una miniatura de toda la realidad, una estilizada representación pesimista del mundo y de la naturaleza humana; en las que la preparación y la ejecución de los delitos es, en lo que a los protagonistas respecta, una especie de liturgia del mal; y en las que el oficiante/delincuente sucumbe a la fatalidad con el amor -un lujo que le está vedado, una pasión prohibida en su fría vida minuciosamente planificada- como desencadenante del siempre trágico final.

Hace unos años Michael Mann, con Heat, pareció tener las fuerzas suficientes para cargar con el legado de Melville filtrado -americanizado- por Schrader. Su filmografía posterior lo desmintió. El trono del film noir americano de raíz melvilliana siguió vacío. El rey del cine negro en estas dos últimas décadas, James Gray, es de estirpe más eslava y dostoievskiana que francesa y melvilliana, como ha demostrado en sus espaciadas y extraordinarias Cuestión de sangre (1994), La otra cara del crimen (2000), La noche es nuestra (2007) y Two Lovers (2008).

¿Podrá ocupar este trono vacío Nicolas Winding Refn? Tiene una larga trayectoria en el cine negro danés, desconocida entre nosotros; prosiguió escarbando en la oscura y violenta vena que ha alimentado casi toda su filmografía -hasta cuando abandonó el cine negro por la mitología en Valhalla Rising- bajo bandera inglesa con Bronson; y ahora debuta con Drive en el cine norteamericano.

Y lo hace con buen pie: éxito de crítica y premio al mejor director en Cannes. Todo merecido. Porque Drive posee esa contención bajo la que corre una subterránea pasión, esa frialdad que contiene el exceso de una pasión necesariamente trágica, ese distanciamiento que ritualiza las acciones cotidianas y convierte en liturgia del mal las acciones delictivas, esa transfiguración de la realidad que hace creíble lo más absolutamente increíble: la conversión de los delincuentes en héroes trágicos, de su submundo en una estilizada metáfora pesimista de la realidad y de sus actos sórdidos en la violencia ritualizada de un samurai (volviendo a una de las fuentes de esta película hay que recordar que el título original de El silencio de un hombre de Melville era Le samourai).

Pero Drive no bebe únicamente de cultos modelos franceses o de sus réplicas cool y posmodernas americanas; también del cine de acción hollywoodiense de entre los 60 y los 80, de las persecuciones de Peter Yates o William Friedkin, de los westerns urbanos de Don Siegel y Eastwood o del Driver de Walter Hill. Un tipo duro, frío, contenido (en la escena del ascensor se comprende la magnitud de las oscuras fuerzas que reprime), construido sobre el vaciado del gesto de Steve McQueen, trabaja de mecánico, como especialista en películas de acción y como conductor de atracos. Lo último parece ser su vocación más auténtica. Su talón de Aquiles serán la mujer y el hijo de un delincuente de poca monta, hacia los que siente la feroz ternura de quien nunca ha podido permitírsela.

Ryan Gosling interpreta a este samurai con impenetrable inexpresividad. Carey Mulligan es la mujer que cuartea su armadura. En papeles secundarios aparecen los estupendos Bryan Cranston, Christina Hendricks, Ron Perlman y Albert Brooks.

Todo es absolutamente irreal porque todo es absolutamente cine, lo que quiere decir que todo es absolutamente verdadero. Los Ángeles están filmados en las tomas aéreas como si fuera la ciudad futurista de Blade Runner. El protagonista se comporta como el héroe callado y taciturno de un western, el hombre venido de ninguna parte que se sacrifica por una mujer que nunca podrá poseer y por un hijo que no es suyo (¿les suena a Raíces profundas?). Las relaciones trágicas entre los personajes y la ritualización del mundo delictivo tiene la gran retórica del mejor cine negro francés. La violencia estalla -rompiendo quietas secuencias de largos silencios- como en las películas de acción de los 70, añadiéndole el sadismo de un Boorman o un Coppola.

Lo dicho: todo es absolutamente cine.

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