Absténganse hemófobos

Stephen Sondheim, el rey de la comedia musical intelectual de Broadway, tiene una trabajosa biografía de amplia influencia en su obra: infancia desdichada, juventud inquieta marcada por su amistad con el hijo del gran libretista de Broadway Oscar Hammerstein II (autor de los libretos de los éxitos del compositor Richard Rodgers South Pacific -asistiendo a su estreno en 1950 Sondheim descubrió con veinte años su fascinación por el musical- o Sonrisas y lágrimas), desgarro entre el universo de felicidad de la optimista familia Hammerstein y su deshecho entorno familiar, difíciles inicios como compositor y libretista hasta que sus letras para el West Side Story compuesto por Leonard Bernstein, escrito por Arthur Laurents, coreografiado por Jerome Robbins y dirigido por Harold Prince (quien fue el director del South Pacific que marcó la vocación de Sondheim) -todos ellos nombres máximos del mejor y más moderno Broadway de los años 50- le consagró en 1957. Aún así fue necesario otro éxito como letrista (Gipsy, interpretada por Ethel Merman que se negó a que este joven compusiera también la música, encargándosela al consagrado Jule Styne) para que Sondheim tuviera su primera oportunidad como compositor y letrista: A Funny Thing Hapenned on the Way to the Forum (Golfus de Roma), insólita comedia musical basada en el Miles gloriosus de Plauto, estrenada con éxito en 1962.

Siempre apoyado por sus amigos Hammerstein, Laurents y Prince, fracasó con su siguiente musical, la farsa política Anyone Can Whistle (1964), que pese a su excepcional reparto encabezado por las estrellas Angela Lansbury (en su primer musical teatral) y Lee Remick sólo estuvo nueve días en cartel. Otros fracasos lo marcaron hasta que la confianza depositada en él por Harold Prince logró imponer su nombre en los seis musicales en los que colaboraron entre 1970 y 1981, de entre los que destacan rarezas que obtuvieron gran éxito como A Litlle Night Music (basada en Sonrisas de una noche de verano de Bergman) o esta Sweeney Todd, el diabólico barbero de Fleet Street, basada en una obra del dramaturgo inglés Christopher Bond a su vez inspirada en una leyenda urbana victoriana. Siniestra, sanguinaria, repleta de crímenes y antropofagia, nihilista, crítica feroz de la deshumanización obrada por la revolución industrial, desde su estreno en 1979 -interpretada por Angela Lansbury y Len Cariou- se convirtió en una leyenda.

El encuentro entre el siniestro y gótico Tim Burton y esta obra maestra del humor negro extremo era algo largamente esperado. Sin embargo el resultado, aún siendo muy estimable, queda por debajo de lo esperado. No es lo mismo un baño de sangre obrado por navajas barberas en la distancia de un escenario que en la proximidad visual y sonora de una pantalla. Lo repugnante -el sonido de la carne y las tráqueas cortadas, el gorgoteo de los degollados, los litros de sangre derramada, el obsesivo recurso de presentar el aplastamiento de los cuerpos al caer en el sótano- puede sobre lo siniestro, la evidencia ahoga la sugestión, el tremendismo sonoro y visual puede más que el esperpéntico humor negro, la crítica social queda relegada por la anécdota personal y el soberbio personaje de la siniestra señora Lovett -que era el centro de la obra teatral- se subordina al barbero asesino efectistamente interpretado por un Johhny Deep más burtoniano que sondheiniano (aunque se produce un curioso acto de justicia, porque la interpretación de Helena Bonham Carter sitúa a su postergado personaje de la señora Lovett por encima del de Depp).

Está la fuerza arrolladora de la poderosa partitura, muy bien cantada por los actores y maravillosamente orquestada y dirigida por Paul Gemignani y Alex Heffes; están las grandes interpretaciones secundarias de Alan Rickman, el niño Ed Sanders y sobre todo Timothy Spall como el repulsivo oficial Beadle; está la siniestra recreación de un Londres de pesadilla obrada por el diseño del Dante Ferretti y la fotografía de Dariusz Wolski; están los grandes momentos de poesía negra (llegada a Londres, presentación de la señora Lovett, dúo de Sweeney y el juez Turpin) propios del talento de Burton. Pero faltan el humor negro, la crítica social y la desolación humana que hicieron la leyenda del original teatral. Queda así Burton por debajo de él mismo y su adaptación, tan esperada, por debajo del original.

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