Adiós a Julio Manuel de la Rosa

  • En 1962 ganó un premio de relatos con un jurado que presidía Julio Cortázar

  • Biógrafo y amigo de Alfonso Grosso, practicó el boxeo y pulió el estilo de una legión de periodistas

Julio Manuel de la Rosa (Sevilla, 1935-2018) en el patio del convento de San Leandro. Julio Manuel de la Rosa (Sevilla, 1935-2018) en el patio del convento de San Leandro.

Julio Manuel de la Rosa (Sevilla, 1935-2018) en el patio del convento de San Leandro. / belén vargas

En esta ciudad se ha hecho un periodismo muy bien escrito. Buena parte de la culpa la tiene Julio Manuel de la Rosa (Sevilla, 1935-2018), un escritor que con sus lecciones magistrales sobre Faulkner, La Regenta de Clarín o el Ulises de Joyce pulió el estilo de muchos estudiantes que pasaron por las aulas del Centro de Nuevas Profesiones para cursar los estudios de Periodismo de los que finalmente se examinaban en la Complutense.

Ayer murió en su ciudad, escenario y protagonista de algunas de sus novelas, a la edad de 82 años, Julio Manuel de la Rosa, que nunca buscó el prestigio que merecía la calidad de sus escritos y que le negaron los devotos de los suplementos literarios o los lobbys de camaradería. "Aunque amigo de todos los escritores y cicerone de muchos de los que visitaban Sevilla, nunca frecuentó los círculos literarios", según el periodista de Efe Alfredo Valenzuela.

Formó parte del grupo de los 'narraluces' y nunca frecuentó los cenáculos literariosEn marzo saldrán sus últimos trabajos sobre el mundo de García Márquez y el Alcázar

Sevilla ha tenido periodistas que ganaron el Planeta (Manuel Ferrand), el Nadal (José María Requena) o el Adonais (Joaquín Caro Romero). Julio Manuel de la Rosa ganó en Madrid un premio de relatos, el Sésamo, con un jurado que presidía Julio Cortázar y del que también formaba parte Fernando Quiñones. El premio se lo entregó el ministro Manuel Fraga Iribarne y su Ministerio se encargó de censurar la obra premiada, Fin de semana en Etruria, que trataba de la guerra civil, época que coincide con la infancia de quien nació en el 35 y vivió los rigores de la cartilla de racionamiento hasta el año capicúa del 53. Julio Manuel de la Rosa aprovechó aquellos honores literarios en la capital para hablar con Cortázar de boxeo. El escritor sevillano llegó a practicarlo, con cuatro combates y una novela (Guantes de seda) en su palmarés. Un deporte que descubrió en el gimnasio al que le mandó un tío médico militar para recuperarse de un proceso febril que lo tuvo un año sin ir al colegio y lo dejó excesivamente delgado.

No le hacía mucha gracia ese término de narraluces, una especie de andalucismo literario trufado de realismo mágico para referirse a un grupo de escritores en el que estaba junto a Alfonso Grosso, de quien escribió su biografía, el propio Quiñones (los dos fueron finalistas del premio Planeta), Luis Berenguer, José María Vaz de Soto o Aquilino Duque. Sevillano de la Alfalfa, las calles de su infancia y adolescencia las noveló en la obra Las campanas de Antoñita Cincodedos. En un paseo con este periódico, regresó al Parnaso de sus primeros años, contaba que le despertaban las campanas de San Ildefonso y los cánticos de las monjitas de San Leandro. En el colegio San Francisco de Paula, fue alumno de Francisco Márquez Villanueva, sevillano que enseñó Literatura Española en Harvard y estudioso de Cervantes, autor unido al premio que recibió Caballero Bonald, amigo de Julio Manuel de la Rosa, con quien compartió tertulias literarias en los veranos de Sanlúcar de Barrameda.

Cortázar, Faulkner, Cervantes, Juan Rulfo, Juan Benet, Alfonso Grosso, Joyce... De todos estos autores hablábamos en una entrevista en la cafetería Asunción, de su barrio de Los Remedios, mientras sonaba la música de Radio Olé. "Ya tengo cierta edad", contaba, "y cuando aparecen los primeros brotes del otoño pienso a qué autor voy a releer en la temporada otoño-invierno, porque puede ser mi última lectura. Este otoño puede ser Henry James". Estaba terminando una novela titulada El laberinto del Príncipe y un ensayo sobre concomitancias de Juan Benet y Faulkner, de quien bromeaba sobre el contraste entre su obra grandiosa, luz de tantos escritores, y su vida anodina. "Su biografía era muy lineal. No salía de su granja". Mientras escribo estas líneas, compañeros del periódico (Manuel Barea, Jorge Muñoz, José Antonio Carrizosa, Jesús González Laguna) recuerdan al profesor que les dio clase. Son legión en las redacciones.

En marzo aparecerán sus dos últimos trabajos, ambos editados por Pedro Tabernero: un texto para una exposición sobre el mundo de Gabriel García Márquez y otro sobre el Alcázar, los dos con dibujos de Alfredo.

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