Ahora y siempre

Nada mejor que ahuyentar el miedo a la muerte con un buen mensaje de autoayuda, nada mejor que una de esas viejas historias edificantes con las que calmar la angustia ante lo inevitable, con las que construir un refugio de inocencia desde el que creer, aún, en la bondad del hombre. De Griffith a Amenábar, la fórmula ha sido siempre la misma: el cuento, la moraleja, el perdón, el consuelo, el relato ejemplar como camino de aprendizaje y redención (para ellos, personajes sufrientes; para nosotros, espectadores liberados), la explotación (más o menos burda, más o menos sensible, más o menos obvia) de lo sentimental como coartada para un cine que deja de mirar a la realidad para mirarse a sí mismo, a sus trampantojos, a sus transparencias, a sus dinámicas duales (Jack vs. Morgan) bien engrasadas para que la máquina no pare nunca de hacer dinero.

Viejo lobo en estos mares de almíbar y moralina disimulada de mensaje liberal, Rob Reiner se nos antoja el artesano ideal para la empresa. Su experiencia y su infinita docilidad para asimilarse al sistema lo convierten en el director más indicado para el juego: funcionalidad, fidelidad al papel escrito, complicidad de veteranía con sus dos estrellas antagónicas: el exceso de Nicholson, cada vez más autoparódico, frente a la contención, la serenidad y la lucidez senil de Freeman, eterno candidato de ficción a ser el primer presidente negro de los Estados Unidos. Juntos hasta la muerte.

Marcadas las cartas del destino (¡sólo nos faltaría creer en milagros!), Ahora o nunca despliega su manual de autoayuda geriátrica con regusto por la comedia amable, la frase sentenciosa y un despreocupado look televisivo. Todo de acuerdo a lo pactado, sin salidas de tono ni chistes de mal gusto, todo susurrado con la inconfundible, amable y dulce media voz de la mediocridad.

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