Alí y Zhivago le bastaron para ser inmortal

  • Omar Sharif, la única estrella mundial que ha dado el cine egipcio, y uno de los últimos seductores al modo clásico, muere en El Cairo a los 83 años de un ataque al corazón

Un recuerdo local. En enero de 1961 un actor egipcio a quien nadie conocía, junto a otro actor inglés igualmente desconocido, rodaban en Sevilla una superproducción dirigida por el famosísimo director David Lean, que pocos años antes había tenido el éxito de El puente sobre el río Kwai. Que era una superproducción estaba claro. Lo decían la fama del director y el enorme equipo que llenaba de técnicos, cámaras, focos, grúas y cables el Hotel Alfonso XIII, el Alcázar, la Casa de Pilatos, el Casino de la Exposición y las plazas de España y de América. Pero, ¿y las estrellas que toda superproducción exige? No las había. Sólo los secundarios lo eran en esta rara película. Alec Guiness y Anthony Quinn llamaban la atención y, tras ellos, los menos populares Claude Rains, Anthony Quayle y Jack Hawkins. El productor Sam Spiegel y el director David Lean habían tomado la decisión, en principio suicida, de encabezar una gran producción de muchos millones con dos desconocidos. Uno era el actor Peter O'Toole, que sólo había interpretado algunos papeles secundarios. El otro era un actor egipcio de ascendencia libanesa llamado Michel Demetri Chalhoub que bajo los nombres artísticos de Omar El Cherif, Omar El-Sharif y Omar Cherif se había convertido en pocos años en una de las estrellas de la potente cinematografía egipcia desde que debutó a los 22 años a las órdenes del prestigioso realizador Youssef Chahine. Entre 1954 y 1960 intervino en 18 películas. David Lean, que buscaba un actor árabe que hablara inglés para el importantísimo papel coprotagonista de Alí, lo descubrió repasando las guías de actores egipcios. Era el rostro que buscaba. Y así, tras modificar ligeramente su nombre artístico, nació la única estrella internacional que ha dado el cine egipcio.

Un recuerdo personal. El 30 de diciembre de 1964 un chaval de 12 años que resultaba ser yo se sentaba en el cine Cervantes a las seis menos cuarto de la tarde. Eran los tiempos gloriosos del Todd-Ao 70mm. con sonido estereofónico envolvente. Se atenuaron las luces, sonaron unos golpes de percusión y arrancó la extraordinaria obertura de Maurice Jarre. Las grandes producciones, cumpliendo aquello de que el cine era la ópera de las masas, tenían una obertura que sonaba antes de que comenzara la proyección. Ese momento, esa obertura y lo que vino después cambiaron en parte mi vida. Y las de muchos otros, algunos muy famosos. Martin Scorsese recuerda que la obertura de Lawrence de Arabia y la propia película, naturalmente, fueron una de las impresiones más fuertes en su despertar al cine. La película se había estrenado en sesión de gala a beneficio del sanatorio del Tomillar un día antes en el mismo Teatro Cervantes, bajo el patrocinio de la duquesa de Medinaceli y el productor Sam Spiegel que así agradecía a Sevilla la colaboración prestada durante el rodaje.

Pocas estrellas han nacido y han sido presentadas al público en una secuencia tan extraordinaria -y después tantas veces estudiada por su planificación y su uso del sonido- como Omar Sharif. Suya es la silueta desdibujada por la luz y el calor que emerge lentamente de un horizonte ilimitado acercándose al pozo del que Lawrence y su guía están sacando agua. El guía corre para coger su pistola y cae fulminado. La aún lejana figura vestida de negro le ha disparado sin acelerar su pausado paso. Cuando llega, Lawrence le pregunta por qué le ha matado. El pozo era de los Harif, no de la tribu a la que pertenecía el guía. "Mientras los árabes luchen tribu contra tribu seguirán siendo un pueblo insignificante, idiota, bárbaro, voraz, asesino y cruel... ¡como tú!", le dice Lawrence. Sorprendido por la audacia del insolente inglés que no parece temerle ni al desierto ni a él, Alí le pregunta: "¿Cómo te llamas, inglés?". Y Lawrence le responde con una de las réplicas famosas de la historia del cine: "Mi nombre es para mis amigos".

A partir de esta presentación que forma parte de la historia del cine, Omar Sharif desarrollaba una extraordinaria interpretación que lo convirtió en una estrella. Aunque brilló del todo -como sus ojos llorosos que tantos corazones rompieron- cuando, otra vez a las órdenes de David Lean, interpretó Doctor Zhivago, otra obra maestra de la que fue protagonista absoluto junto a Julie Christie. Entre una y otra rodó pequeños papeles en El Rolls Royce amarillo y La caída del imperio romano (casi nadie lo recuerda interpretando a Sohamus, el rey armenio con el que se casa Lucilla/Loren). Tras su extraordinaria interpretación como Zhivago, Sharif se convirtió en una de las últimas estrellas rompecorazones al modo del cine clásico. También -lo había demostrado- era un gran actor además de un seductor amado por igual por la cámara y por las mujeres. Fue su gusto por la buena vida, el juego y las mujeres lo que posteriormente hizo errática su carrera. Estuvo en la cumbre sólo entre 1962 (Lawrence de Arabia) y 1974 (La semilla del tamarindo de Blake Edwards, haciendo pareja con Julie Andrews).

¿O no? En la cumbre estuvo siempre porque sus interpretaciones de Alí y Zhivago le bastaron para tener un primer lugar en la Historia del Cine (con mayúsculas). Será también recordado por La noche de los generales (Litvak, 1966, otra vez con O'Toole), Funny Girl (Wyler, 1968, junto a Barbra Streisand en su debut cinematográfico) o El último valle (Clavell, 1970, con Michael Caine). El resto fue mediocre o se redujo a cameos y telefilmes, salvo su triunfal regreso con El señor Ibrahim y las flores del Corán (Dupeyron, 2003), un personaje y una película que por fin estaban a su altura. ¡Pero qué más da! Vivió como quiso. Amó cuanto quiso. Dilapidó en las mesas de juego cuanto pudo. Pero es eterno gracias a dos películas magistrales que interpretó magistralmente. ¿Qué actor puede mantener su popularidad tras 40 años sin tener un éxito? El alzhéimer borró sus recuerdos. La Historia del Cine conservará su memoria.

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