Arte

Alteridad contra canon

  • A través de una decena de piezas Marina Núñez condensa muchas de las preocupaciones de sus últimos 15 años: el cuerpo, el género, la identidad y la 'otredad'

Apenas un par de vídeos, cinco dibujos digitales sobre pvc, dos infografías sobre tela y una pequeña caja de luz componen esta exposición de Marina Núñez. Pudieran parecer no demasiadas obras, pero la contundencia de las mismas prefiguran un retrato perturbador y desasosegante del sujeto contemporáneo. Tanto como un vivo y punzante ejercicio de crítica y resistencia en contra de las imposiciones de modelos sociales; en desacuerdo, también, con la enunciación de un cuerpo y una identidad unívocas que aspiran a convertirse en canónicas, ideales, inamovibles y hegemónicas, y que amenazan con ocultar, silenciar o rechazar lo disonante que, casi instantáneamente, pasa a ser considerado desviado, anómalo y monstruoso.

Para oponerse a estas rectas imposiciones, Marina Núñez viaja a los márgenes de lo puro e ideal, si lo preferimos, a su envés, es decir, al terreno de lo silenciado. Allí consigue construir un universo propio poblado por monstruas, enfermas, dementes o locas y cyborgs. Todas ellas, quizás, consiguen desde lo ficticio y abyecto expandir y multiplicar la imagen de lo humano y poner en crisis cualquier noción de identidad demasiado convencional, reduccionista y excluyente. Esta decena de piezas condensan muchas de las preocupaciones e intereses que vienen ocupando los últimos quince años de creación de esta artista indispensable: el cuerpo, el género, la identidad, la otredad o la alteridad.

En cada uno de los dos vídeos que proyecta toma como protagonista a una mujer desnuda que resiste y lucha denodadamente, tendida en el suelo, contra el empuje de un extraño constructo vertical (un andamiaje con fragmentos orgánicos como máscaras) que impide que se levante y amenaza con sumirla en un estado casi de enajenación y angustia. Pudiera ser la metáfora de las exigencias sociales o de los ideales a los que aspirar/ascender. Pero también pudieran ser las taras y represiones que asuelan nuestra salud mental, provocadas tanto por el acatamiento como por la negación de esas exigencias. Sin duda una situación esquizofrénica. La mujer aparece aquí como sujeto sufriente, y aunque lo femenino pudiera ser excedido para hablar de los males que sufre el sujeto contemporáneo, no podemos dejar de contextualizar estas imágenes en los discursos de género, en los que ha sido inscrita la artista.

El resto de piezas formulan un cuerpo e identidad híbridos, en construcción y fluctuantes. Cabría hablar del cuerpo como construcción social, o tal vez como síntoma social, es decir, como metáfora de los condicionantes y del medio. Lo caprichoso de esos cuerpos de Núñez -una categoría estética profundamente manierista que se asumió como propia en la posmodernidad- niega lo mesurado, la pulcritud y belleza del cuerpo ideal que desea establecerse como canon, o lo que es lo mismo, como arma de opresión. Frente a esto emerge lo convulso, mixto y perturbador.

Las infografías, como el resto de obras, de la serie ciencia ficción, muestran ese cuerpo híbrido y abyecto: mujeres que se mimetizan con el terreno (hace años este mimetismo tenía cierta vis feminista al fundirse los cuerpos con objetos domésticos). De nuevo en horizontal, al entrar en contacto con la tierra, las modelos se convierten en una suerte de cuerpo fértil y deformado del que brota la vegetación. Cuerpos que atraen por lo extraordinario aunque también repelen por su naturaleza mixta.

Hace unos días se publicaba en la revista científica Nature que los orangutanes y los humanos compartimos el 97% del ADN. Que compartamos tal carga genética con algunos simios no es una novedad, lo aterrador es que compartamos con la mosca del vinagre un 60% de nuestro ADN o con la rata un 90%. Así, el hombre actual vive, merced a la ciencia, atrapado entre su naturaleza y confirmación animal y la construcción de un futuro nuevo orden tecnológico que puede encaminarnos a una hibridación con lo tecnológico e informático y que hace que asome en el horizonte la figura del cyborg. Cada día nuestra vida depende más de dispositivos para mejorar nuestras prestaciones -casi como máquinas- y ofrecernos lo que nuestra naturaleza no nos da.

Una serie de dibujos digitales sobre pvc parece preconizar este pálpito. El ser que aparece en todos ellos se debate entre lo humano y lo cyborg, aunque en algunos, en el paroxismo de la hibridación, a esa naturaleza humanoide, cruce de persona y robot, se le une lo animal. Algunos de esos seres condensan esas tres naturalezas asimilables a nuestro origen animal, nuestra realidad como personas y, tal vez, nuestro futuro robotizado e hibridado con dispositivos tecnológicos.

El Hombre, como ser antropóforo, creó un orden o civilización propia e inscrita en su orden primigenio, la Naturaleza; la tecnología parece ser otro (nuevo) orden (post-humano) dentro de ese que consiguió crear distinguiéndose del resto de animales que pueblan La Tierra. Estas imágenes, en las que lo cyborg se preconiza como una nueva identidad que desafía el canon, que muestran nuevamente la alteridad o la facultad de ser otros, desechan lo biológico, lo cálido o lo sanguíneo en pos de la fría artificialidad tecnológica. Sin duda, a la vista de los dibujos de Núñez, es pertinente hablar de deshumanización. Pero asimismo de identidad maleable, fluida, dinámica, inconclusa e híbrida, tal como apreciamos en esos rostros que se convierten en líquidos, se desdoblan (replican y clonan) o concitan rasgos de dispar naturaleza y condición. Cuál es y cuál será la identidad de lo humano tiene difícil contestación.

Esta naturaleza cyborg que ahora amenaza el canon humano, desde los márgenes y la excepcionalidad, ¿se convertirá alguna vez en canon, cuerpo e identidad hegemónicas?¿Qué monstruos o qué otros márgenes deparará entonces?¿Ciencia ficción?

Marina Núñez. Galería Isabel Hurley. Paseo de Reding 39-bajo, Málaga. Hasta el 5 de febrero

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