Amor en el desván (de los sueños rotos)

Drama, España-México, 2010, 90 min. Dirección y guión: Sebastián Cordero. Fotografía: Enrique Chediak. Música: Lucio Godoy. Intérpretes: Martina García, Gustavo Sánchez Parra, Concha Velasco, Xavier Elorriaga, Icíar Bollaín, Àlex Brendemühl. Cines: Alameda, Albéniz.

Tras el éxito de Ratas, ratones y rateros, Guillermo del Toro y sus socios de Tequila Gang, los también mexicanos Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu, se lanzaron a la producción de los dos siguientes filmes del ecuatoriano Sebastián Cordero, Crónicas y esta Rabia que hace unas semanas ganaba la Biznaga de Oro a la mejor película en el Festival de Cine Español de Málaga.

Ambientada en una ciudad del País Vasco, Rabia se sitúa en un interesante e inédito territorio intermedio entre el cine social, con la inmigración y la condición de clase como asuntos de fondo, el drama romántico y el género de terror. Todas estas claves se integran y superponen con un potente estilo visual a través de la historia de José María, un inmigrante que tiene que bregar con sus impulsos violentos al tiempo en que inicia una relación con una joven colombiana que trabaja como asistenta en la casa de una familia adinerada venida a menos.

Lo que en un principio apunta al drama social con un tono bastante maniqueo y simplista, pronto asume una curiosa adscripción genérica que, siempre dentro de un marco realista, nos traslada al interior de la mansión familiar, en la que nuestro protagonista se refugia tras un trágico accidente, como espacio para crear una cierta atmósfera de aislamiento y reclusión que funciona como laboratorio para desplegar una metáfora sobre el amor romántico llevado a sus últimas consecuencias.

El principal problema de Rabia consiste precisamente en sus dificultades para conciliar su carácter realista, lastrado por un guión caprichoso, con ese espacio simbólico dominado por la mirada, cada vez más perturbada y enferma, de nuestro protagonista, observador silencioso de la decadencia de una familia burguesa y celoso guardián de un amor incondicional.

Gustavo Sánchez Parra se deja la piel (y algunos kilos) en el intento, mientras que la colombiana Martina García aguanta con bastante solidez su particular diálogo con un ausente y los envites del entorno masculino de la familia. El reparto español (Velasco, Elorriaga, Brendemühl, Bollaín), tal vez condicionado por la rigidez y el estereotipo de sus personajes, no brilla, empero a la misma altura.

Si Cordero tiene algunos problemas con sus materiales argumentales o con la dirección de actores, sí que sabe al menos cómo trascender las limitaciones del espacio de la casa, auténtica protagonista del filme, con un virtuoso ejercicio de cámara y puesta en escena que le auguran un futuro prometedor en empresas más caras, ambiciosas o compactas.

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