Antequera, tierra de leyendas (I)

  • La fábula sobre la Peña de los Enamorados es una de las historias más populares del municipio malagueño junto a la del Arco de la calle Nueva

Desde que comenzaran los primeros asentamientos en la ciudad de Antequera hace 4.500 años con las construcciones dolménicas, no se han detenido las leyendas que narran historias románticas, de amores imposibles, de santos y vírgenes, e incluso de las primeras edificaciones que se levantaron en ciudad. La más conocida es la leyenda de la Peña de los Enamorados. Bañada por el río Guadalhorce y rodeada de una línea de ferrocarril, sirvió de guarida para bandoleros que robaban a quien se atrevía a pasar por allí. Cuenta la fábula que desde lo más alto de la Peña se arrojó una pareja de enamorados tras la imposibilidad de consumir su amor.

En un robusto castillo ubicado en la sierra de Archidona, convertido ahora en el santuario de la Virgen de Gracia, vivía un alcaide moro, un batallador temerario, Ibraín Abad. Tenía una hija llamada Fátima de gran belleza y temperamento soñador. Ella mantenía relaciones secretas con un caballero cristiano de los que acompañaban a don Fernando el de Antequera, hacia el año 1410. Ambos acordaron huir al campamento establecido por Don Fernando. Fátima bajó al pueblo con el pretexto de beber agua de una fuente medicinal. Al poco llegó el caballero y la hizo montar en su potro.

Los vigías moros, al percatarse de la situación, salieron en persecución de la audaz pareja con el objeto de capturarlos. Sin embargo, el caballo del raptor llegó a los alrededores de la Peña al no poder seguir corriendo. Los enamorados decidieron subir a lo alto de ella y cobijarse, pero los jinetes moros treparon veloces, cerca de los fugitivos, y perdida toda esperanza, se abrazaron fuertemente en el borde del precipicio y se arrojaron al fondo del abismo. Los perseguidores, aterrados, regresaron al castillo para explicar al alcaide lo ocurrido. Éste, desesperado, mandó decapitar a los jinetes y a las esclavas que acompañaron a Fátima a la fuente.

Otra de las historias narradas por Barrero Baquerizo, don Trinidad de Rojas y por la poetisa antequerana Victoria Sáenz de Tejada, es la leyenda del Arco de la calle Nueva. Por 1680, residía en Antequera don Luis de Zayas, un hidalgo bastante conocido por su buena posición y por la vida aventurera que había llevado durante su mocedad. Dando tregua a sus devaneos se casó con una pariente suya, pero este cambio de estado no consiguió apartarle de la mala senda.

Una mañana, asistió a la toma de hábitos de religiosa de una hermosa joven. Su belleza le encandiló y logró el cariño de la monja, hasta el punto de querer huir con ella. Una noche, provisto de escala, fue hasta el convento de la Encarnación.

El hidalgo llegó hasta el jardín donde debía esperarla, pero ante la ausencia de su amada monja, decidió entrar en su búsqueda. Ella dormía sobre su lecho y al verlo se dejó llevar por su seductor. Pero al pasar por delante de la santa imagen de María, la religiosa sintió algo sobrenatural y rompió a llorar. Don Luis abandonó a la mujer y corrió hacia el jardín. Al cruzar la plaza de San Sebastián, y llegar a calle Nueva, las fuerzas le faltaron y cayó desvanecido. En esos instantes, también caía desmayada su cómplice frente a la imagen de María.

Al día siguiente, don Luis le confesó a su mujer lo sucedido asegurándole que había visto la imagen de Jesús, con la cruz sobre sus hombros, echándole en cara la enormidad de su delito. El hidalgo pidió el perdón de su mujer y ella se lo concedió. Como muestra de su arrepentimiento, el caballero construyó un arco, que aún subsiste, a la entrada de calle Nueva, y colocó sobre él la imagen de Jesús, pintado en la misma forma de la aparición, y alumbrado perpetuamente por seis luces.

Desde entonces, don Luis fue modelo de piedad y caridad, y como penitencia, al caer la noche, vestido de toscas ropas de nazareno, se dedicaba a recorrer la ciudad, visitando a familias necesitadas y a enfermos para socorrerlos, y excitando a todos a orar ante el Nazareno de la calle Nueva. Cuando murió, su mujer tomó el hábito de religiosa en el convento de Carmelitas Descalzas.

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