Aprender a ver es abrir los ojos

  • La historiadora y educadora Amelia Arenas dio ayer a conocer en el Museo Picasso su método pedagógico para hacer del arte un conocimiento ligado a la experiencia propia

Perdone el lector que vuelva a mis raíces y me ponga filosófico, pero es que los clásicos ya lo contaron todo. Si hacemos caso a Platón, la contemplación de la obra de arte es un redescubrimiento: la imagen o la escultura hacen referencia a un determinado ideal que se encuentra ya impregnado en nuestra memoria; el placer estético resultaría de la ligazón de esa idea innata con el referente externo que tenemos delante. De alguna forma, esta interpretación explicaría por qué alguien puede disfrutar como un enano cuando se encuentra una pieza de arte abstracto, porque, aunque no exista figuración, la idea pude mantenerse como entidad distinta a la materia. Pero, cuidado: Aristóteles pregonaba que el hombre es una tabla rasa y que los conocimientos se insertan en la experiencia sin necesidad de vincularse a rastros previos. El placer vendría determinado en este punto por la capacidad creativa del hombre a la hora de explicar, por sí mismo y sin resortes innatos, qué hay en un cuadro (abstracto o no) o una estatua. En gran medida, Picasso les dio la razón a los dos: quien asiste a su obra encuentra motivos para relacionar el hallazgo con sus hondas razones, y también para poner a prueba su habilidad para hacer desde la sombra, en plan Génesis. De cualquier forma, Picasso supone siempre un acontecimiento enriquecedor; ayer, la historiadora y educadora Amelia Arenas, que estos días imparte en el Museo Picasso un curso para guías turísticos, explicó a un grupo de periodistas las claves de su método de trabajo pedagógico y refrendó que la obra del malagueño es el mejor aliado de la maravilla y el gozo.

Arenas acumuló una importante trayectoria en el departamento pedagógico del Moma neoyorquino, y desde 1994 imparte su sabiduría en museos de todo el mundo. Anualmente, visita el Picasso para aleccionar al equipo educativo, cuyos miembros reproducen con fidelidad estas directrices. De entrada, el observante parte de una posición privilegiada, porque su mirada es la que determina el final de una obra: "El arte se hace para ser visto. Una obra de arte no es tal hasta que se ve; mientras tanto, no es más que pintura sobre un lienzo. Un artista trabaja sin parar en su obra hasta que alguien la mira: sólo entonces finaliza su labor. Si no fuera así, podría continuar y continuar y no acabaría nunca". Arenas invita a sus oyentes a despojarse de las ideas previas y observar las criaturas picassianas como al amor: igual que si fuera la primera vez. "Nunca guiamos los comentarios de la gente; ellos dicen lo que ven y sólo a partir de ahí intervenimos". El prodigio ocurre: Picasso imitó, con ciertas trampas, el estilo de los niños a la hora de pintar y dibujar "porque su objetivo fue desaprender; él aseguraba que lo que peor que le podía ocurrir a un artista era ser el mejor en lo suyo, convertirse en especialista de un estilo, así que los practicó todos porque igualmente los rechazó todos". Arenas recuerda los hallazgos de los niños ante los cuadros de Picasso, libres, rotundos; "ellos lo ven todo con determinación, no dicen 'diría que tal' ni 'podría ser que cual', sino, 'esto es así, esto es lo que veo".

Pronto, Picasso deja de ser un enigma. O sigue siéndolo, pero comparte el misterio. Sólo hay que ser capaz de descender a lo que se ve, o mejor, a ver los cuadros con el corazón. "¿Creéis que Las señoritas de Avignon es un ataque a la mujer, tal y como creen muchos?" Nada más lejos: en la obra para la que Braque quiso tragar gasolina la mujer aparece dotada de una fuerza antigua, clásica y tribal a la vez, eterna, superior, incluso divina. Aquellas prostitutas son Dios. Velázquez es encumbrado a la gloria en la versión que el malagueño hizo de sus Meninas: "Picasso es un ladrón de arte, devoraba a sus antecesores". Y tan a gusto: "Yo no busco. Yo encuentro", dijo el genio. Lo mejor, seguro, se lo guardó.

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