Argumentos jazzísticos de una jotera, por derecho

XXVII Festival Internacional de Jazz. Teatro Cervantes. Fecha: 6 de noviembre. Músicos: Carmen París (voz), Pepe Rivero (piano y dirección musical), Reinier Elizarde (contrabajo), Georvis Pico (batería), Manuel Machado (trompeta), Bobby Martínez (saxo), Joulien Ferrer (trombón). Aforo: Unas 150 personas.

Vestir de largo un proyecto como Ejazz con Jota entrañaba ciertos riesgos. Si hasta ahora Carmen París había mostrado una inteligencia proverbial a la hora de equilibrar el rigor musical y el tono más popular y festivo, con temas de una arquitectura a menudo compleja en su afán de extraer mimbres de lo folklórico aunque siempre dispuestos a una audición amable y directa, accesible y clara, el empeño en reforzar el paquete con un tono a lo Frank Sinatra podía mandar lo segundo a hacer gárgaras. En demasiadas ocasiones el argumento del jazz como excusa para la fusión termina restando espontaneidad en virtud de un acusado sentido de la distinción (quizá la gran demostración de cómo evitarlo la bordaron Martirio y Chano Domínguez en sus Coplas de madrugá), y aunque el disco nuevo de Carmen París aporta contenidos musicales de peso con la Jazz Concert Orchestra de Boston, faltaba comprobar en directo si el jazz ha sido aquí enriquecimiento o excusa. Afortunadamente, el concierto de ayer en el Cervantes dejó tranquilos a quienes buscábamos una respuesta.

La pandillita que tomó posiciones en el patio de butacas encontró un concierto de alta factura, merced a la solvencia del sexteto (soberbios los tres metales en la recreación de los arreglos monumentales del disco) y a la dirección impecable del gran Pepe Rivero, que supo aportar su lucimiento en dosis adecuadas, con la discreción de los sabios. Carmen París cantó endiabladamente bien, pero, a tenor de lo escrito en el párrafo anterior, hay que agradecerle dos cosas: la primera, que haya mantenido su humor intacto, reforzado incluso gracias al bilingüismo marca From lost to the river al cantar sus jotas (su genio al desmitificar todo lo que hace, y mira que está bien hecho, es digno de aplauso); y la segunda, que no haya tomado el atajo fácil del latin jazz para exponer sus interesantes discursos armónicos. El concierto, en el que todo encajó muy bien y todo sonó con poderosa naturalidad, tuvo momentos estupendos, como el groove de El llanto del ruiseñor, el blues contundente de No más día de la marmota y el modo en que la París se partió cantando Cadenica de oro. Los episodios menos memorables vinieron, curiosamente, de los temas de discos anteriores rescatados con nuevos arreglos para este proyecto, como Entre tus manos, En mi pecho y Jotera lo serás tú, más evidentes, menos cómplices de la sorpresa y, en fin, más prescindibles (seguramente pesaba más la evocación original, o simplemente las canciones ya estaban bien como estaban). De modo que sí, Carmen París sigue siendo Carmen París: hay mucha y buena música en su arte, y será un placer asistir al siguiente envite.

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