Exposición Una mirada inédita a un creador imprescindible en el panorama contemporáneo

Artista blanco, corazón negro

  • Miquel Barceló inauguró ayer en el CAC su muestra 'Obra africana' envuelto, a su pesar, en la polémica sobre la cúpula de la sede de la ONU

Joseph Conrad escribió en 1899 El corazón de las tinieblas. Bajo la crítica evidente a las políticas colonialistas se escondía un viaje al infierno, representado con un nombre propio: África. Ayer, Miquel Barceló (Mallorca, 1957) hizo referencia en Málaga a esta novela para admitir que sus estancias en el País Dogón de Mali, habituales y cada vez más prolongadas desde 1988, constituyen también "un viaje al infierno; tanto, que no sé si he llegado todavía". Un testimonio de este tránsito puede contemplarse desde ayer en el CAC Málaga hasta el 15 de febrero con la exposición Obra africana, que recoge una parte imparte de la producción del artista en el continente negro.

Obra africana, comisariada por el director del Irish Museum of Modern Art, Enrique Juncosa, recoge 82 piezas en diversos formatos (trabajos en papel, pinturas de pequeño y gran formato, esculturas, cerámicas y libros de bocetos), de las que muchas nunca se habían mostrado hasta ahora. El director del CAC, Fernando Francés, insistió ayer en la presentación a la prensa previa a la inauguración (a la que acudió el alcalde, Francisco de la Torre), en el carácter inédito de la exposición al señalar que "por primera vez se realiza una mirada exclusiva a la obra africana de Miquel Barceló". Francés apuntó además que la organización de la muestra ha sido posible gracias al Irish Museum of Modern Art, además de otros museos y coleccionistas privados que han prestado sus obras. Juncosa, por su parte, subrayó que la exposición ofrece una panorámica amplia sobre los últimos veinte años de creación del Premio Príncipe de Asturias. Juncosa explicó que "sólo algunas de las piezas más grandes que pueden verse aquí no fueron realizadas en África, aunque sus conexiones con el continente son más que evidentes".

Con mucha más expectación, sin embargo, se esperaba ayer la intervención del propio Barceló, cuya presencia en Málaga fue previamente laureada por el alcalde y el propio Fernando Francés. La cantidad de periodistas congregados, de hecho, superaba con creces a la que habitualmente se da cita en el CAC para dar cuenta de las nuevas exposiciones. El motivo, por el que se habían desplazado para la ocasión un gran número de medios nacionales, era la polémica en torno a la financiación de la obra para la cúpula de la Sala de los Derechos Humanos en la sede de la ONU en Ginebra, que se inaugurará el próximo día 18. Ya desde el principio, Barceló rehusó hablar sobre el asunto porque él era "la persona menos apropiada", y durante unos minutos de larguísima tensión se negó una y otra vez a contestar las preguntas de los periodistas al respecto. Sólo unas horas antes, sin embargo, Barceló había hecho unas declaraciones a Efe en las que conminaba a la Fundación Onuart (encargada de financiar la obra de la cúpula) "a dar todas las cifras y que sean públicas" y advirtió de que, si no se hacía así, él mismo lo exigiría. Pero después se negó a formular más comentarios. Sobre el empleo de los Fondos de Ayuda al Desarrollo (FAD) para la financiación de esta creación, tampoco quiso soltar prenda y se limitó a señalar que todo se explicará en una rueda de prensa la semana que viene en Ginebra. Así que, con cierto apuro y la sensación de que en cualquier momento el artista podía dar por concluida la rueda de prensa, ésta transcurrió exclusivamente versada sobre la exposición malagueña y el trabajo en África de Barceló. Eso sí, hubo tiempo para un segundo encontronazo con la prensa: en una de las visitas que se llevaron a cabo con el artista por la muestra, un fotógrafo dañó con una mochila uno de los cuadros. Su mismo autor acudió airado a reprender al responsable.

Con más calma, y ante la insistencia de De la Torre y Francés de dirigir el encuentro por el estricto margen de Obra africana, Barceló explicó que la muestra "constituye una representación muy amplia de veinte años de mi trabajo" y que en su experiencia africana se encuentra "el origen de toda la pintura que hice después". El mallorquín viajó en 1988 a Marruecos, donde conoció a Paul Bowles (quien, por cierto, legó su biblioteca personal al artista). Poco tiempo después, sin embargo, prolongó su particular territorio africano y terminó por instalarse en la región de Mali conocida como País Dogón, si bien realizó nuevos viajes a Costa de Marfil y Angola, entre otras áreas. Actualmente, Barceló reparte su tiempo entre París, Mallorca y Mali. "Allí aprendí a trabajar la cerámica, según las técnicas milenarias que emplean los dogón", indicó Barceló. Lejos queda la etapa neoyorquina, que el artista dio por cerrada a finales de los 80, cuando la Gran Manzana "se convirtió en una especie de Disneylandia", muy a pesar de amistades como las de Basquiat y Lou Reed.

África, por el contrario, es "el origen de todo. Como una metáfora de algo inabarcable". Si el trabajo del artista se parece habitualmente a una carrera de obstáculos, "allí los inconvenientes son mucho mayores: las termitas se comen sin piedad los lienzos y los libros, y estuve luchando mucho tiempo contra ellas hasta que decidí ponerme de su lado y trabajar con las termitas; hoy es un placer contemplar cómo trabajan las veinticuatro horas del día". El polvo "llega a colarse dentro de las latas de sardinas. Cuando me lo contaron me pareció que exageraban, pero luego comprobé que era cierto y tenía que limpiar aquel polvo pegado a las sardinas". A cambio, Barceló encontró en África un verdadero tesoro en la risa, costumbre que allí se practica "muchísimo" y que cada vez echa más de menos en Europa.

El artista, que ejerce de profesor en el Conservatorio de Artes de Bamako "para ayudar a los creadores que luchan por integrarse en los distintos movimientos que surgen en África", estableció diferencias entre la manera en que una obra de arte es percibida a un lado y otro del Mediterráneo. "Aquí la mirada es siempre muy rápida, está muy condicionada, y eso dificulta que se preste la atención que una obra requiere; en Mali, donde no hay fotografías, ni vídeos, ni televisión, la mirada es un acto mucho más rico. De hecho, los dogón son capaces de reconocer sobre un acantilado, a kilómetros de distancia, a personas que parecen un puntito en la lejanía". Para profundizar en este aspecto, recientemente invitó a algunos amigos africanos a que contemplaran la citada cúpula realizada para la sede de la ONU en Ginebra "y se quedaron impresionados; se tumbaron en el suelo para verla y comprendieron enseguida lo que se pretende con una obra en movimiento".

En toda su aventura africana, Barceló teme una cosa: "Caer en el orientalismo, porque es una actitud vinculada al colonialismo, una lacra terrible símbolo de la barbarie, de la que el actual postcolonialismo es quizá peor por el cinismo". Cabe un consuelo: "Los burros que pinto en África son iguales que los de Mallorca".

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