Brancusi o la danza de la naturaleza

  • El Centro Pompidou Málaga inaugura su exposición dedicada al artista rumano, verso suelto de las vanguardias del siglo XX, revisado aquí a través de su amplio legado fotográfico

No sería descabellado pensar que si pudiéramos preguntar hoy a Constantin Brancusi (Hobita, Rumanía, 1876 - París, 1957) por su obra de arte preferida, el artista se limitaría, seguramente, a señalar una rama agitada por el viento. La fuerza motriz de la naturaleza, el movimiento presente en todas las cosas como definición exacta de la realidad, fue al menos la primera inspiración de un hombre que afirmó: "Mi patria y familia son el barro y la lluvia que lo moja". Nacido en Rumanía y formado como carpintero, Brancusi se trasladó a principios del siglo XX a París (donde fue acogido como discípulo nada menos que por Auguste Rodin) y entró de lleno en las vanguardias artísticas de su tiempo de la mano de Man Ray, Tristan Tzara, Marcel Duchamp y otros colegas; pero nunca dejó de ser, en esencia, un carpintero rumano, lo que, junto a una obra progresivamente más elemental, desnuda y medular, envolvió su figura en un halo de misterio por otra parte muy del gusto de un París demasiado amante de lo misterioso. Ahora, el Centro Pompidou Málaga se dispone a arrojar luz al asunto con su nueva exposición temporal, Brancusi, un proyecto comisariado por Julie Jones y Philippe-Alain Michaud que se inauguró ayer y que podrá verse hasta el 24 de junio en el Cubo del Puerto como invitación a conocer desde dentro a un artista de una altura poética tan rabiosa como serena, tan universal como particular.

En esencia, la muestra que aquí nos ocupa no es tanto una exposición de Brancusi como sobre Brancusi. La inmensa mayoría de las 141 obras que la completan son fotografías procedentes del archivo de 1.600 imágenes del artista que el Centre Pompidou de París atesora en sus fondos y que en su día el artista legó al Estado francés. Pero las fotografías, que en gran parte son a su vez fotogramas extraídos de películas que el propio Brancusi grabó en su estudio, proponen una jugosa exploración por una intuición estética que perseguía la aplicación de las leyes del movimiento a la materia estática intervenida a través del arte. Si la danza presente en los distintos órdenes de la naturaleza representaba una obsesión para Brancusi, el descubrimiento de la imagen en movimiento gracias a la cámara que le prestara en su día Man Ray le permitió abrir caminos reveladores en el estricto campo de acción de su taller parisino. La exposición del Centro Pompidou sienta en un mismo banquete las imágenes en movimiento y las imágenes fijas que tomó Brancusi junto a una selección discreta pero efectiva de sus esculturas y dibujos para demostrar al espectador el camino que siguió el artista hasta materializar sus anhelos.

Así, la primera sección de la muestra, ¿Brancusi?, sirve de introducción al personaje que con su aspecto desaliñado puso en jaque a las vanguardias sin dejar de prestar atención al arte tradicional rumano, esto es, a sus propias raíces. Brancusi se hizo artista sin renunciar a ser artesano, lo que le convierte en un caso aparte en la historia del arte del siglo XX. La segunda, El taller, supone una inmersión en el ecosistema vital del genio, "donde todas las piezas eran móviles en plena imitación de la naturaleza", tal y como explicó ayer la comisaria Julie Jones. Las fotografías nos revelan que, en lugar de reclamarles quietud, Brancusi pedía a sus modelos que bailaran; tanto es así que, llegado el momento, dejó de concebir esculturas al uso, a las que pasó a considerar "cadáveres". Lo liso y lo bruto indaga en la transformación de la materia en manos de un artista que, como buen carpintero que se hacía sus propios muebles, comenzó trabajando con madera (intacto el vínculo con el arte tradicional rumano y, de paso, el africano) para adoptar a partir de 1915 el mármol y el bronce como lenguajes añadidos (especial mención merece su escultura Princesa X: lo que iba a ser una representación escultórica en mármol de María Bonaparte se convirtió, tras siete años de reducción, eliminación y simplificación en la representación del aparato genital masculino en erección). Lo orgánico habla de plantas, perros y otros habitantes del taller. Y Columna sin fin revisa la obra emblemática de Brancusi, un monumento funerario de treinta metros de altura alzado en Târgu Jiu (Rumanía). Hasta el cielo.

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