Buenas intenciones, mediocres resultados

Drama, Francia, 2009, 110 minutos. Dirección: Constantin Costa-Gavras. Guión: Constantin Costa-Gavras, Jean-Claude Grumberg. Intérpretes: Riccardo Scamarcio, Ulrich Tukur, Juliane Köhler, Eric Caravaca, Jean-Christophe Folly, Anny Duperey. Música: Armand Amar. Fotografía: Patrick Blossier.

Costa Gavras, el realizador greco-francés especializado en cine político, ha dirigido sus mejores películas cuando más se ha aproximado al cine comercial, para que su mensaje llegue con más eficacia al gran público; y cuando ha rodado en los Estados Unidos. Es una paradoja avalada por su filmografía. Con la única excepción de la monumental La confesión (1970), tanto Z (que le dio la fama internacional en 1969), como Estado de sitio (1973), Sección especial (1974) o Hanna K (1983) han envejecido peor que las espléndidas Missing (1982), El sendero de la traición (1988), La caja de música (1989) o Amén (2002).

Edén al Oeste participa más de los defectos o limitaciones de las primeras que de las virtudes de las segundas. "La ironía y el optimismo pueden ser un antídoto poderoso para salir de ese paternalismo consistente en sentirse bien porque entendemos el drama de los inmigrantes", ha dicho Costa Gavras sobre su película. Pero su filmografía demuestra que está más dotado para el drama que para el humor; y sus intentos de dar un aire chapliniano -un poco a lo Luces de la ciudad (el mendigo en el mundo del millonario borracho) o a lo Tiempos modernos (la pérdida de un pobre diablo en una sociedad moderna cuyos mecanismos desconoce)-, y a veces hasta felliniano (episodio del mago), a la aventura de su protagonista no logra alcanzar la eficacia irónica que pretende.

Es buena la idea de que el inmigrante ilegal desembarque, no en el supuesto paraíso europeo, sino en el artificial paraíso dentro de ese otro paraíso que es un complejo turístico de lujo, uno de esos resorts aislados del entorno, cerrados sobre ellos mismos y defendidos hasta con alambradas, en los que la diversión y el relax están programados según la lógica industrial de la producción y el consumo. Que el lujoso complejo se llame Edén es un guiño excesivamente burdo. También es una buena idea que la belleza física del inmigrante le sirva de pasaporte -tanto entre mujeres como entre hombres- en una opulenta sociedad neohedonista (más bien seudo hedonista) obsesionada por el culto al cuerpo y el placer. Pero los mecanismos de la comedia crítica no funcionan adecuadamente y estas buenas ideas se quedan en apuntes mal desarrollados. Tampoco funciona la idea del viaje -desde la Riviera a París- a la vez real y simbólico que sirve para representar a la sociedad occidental a través de arquetipos demasiado previsibles. Buenas intenciones, logros parciales, corrección… Poca cosa para alguien de la talla de Costa Gavras.

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