Buscar el centro es el centro

Decía María Zambrano que la poesía de Antonio Colinas demuestra la forja que ha seguido paso a paso, lo que evidencia, según la veleña, que el autor "la ha dejado crecer sin forzarla". Quienes hayan seguido la inmensa obra del castellano en su registro poético, contaminante en realidad de su otra producción, la ensayística, habrán asistido a su paulatino despojamiento de enseres y materiales, como representación de una búsqueda de la pureza, de la capacidad de la palabra de decirlo todo siendo poca. Animado sin duda por San Juan Evangelista y por otros sostenes que luego apuntaremos, Colinas comprendió hace años que encontrar el logos supone ir perdiendo más que ganando, y, de alguna manera, Desiertos de la luz viene a suponer un punto álgido en esta travesía, aunque sólo lo que el poeta deje leer a partir de ahora confirmará si se trata, o no, de un colofón. Se presenta la obra como un viaje al centro mismo de la palabra, empresa que puede consignarse a la trayectoria entera de Colinas, aunque aquí se hace más evidente que nunca. Él mismo se delata en su empeño de ir "hacia el centro de los centros", excavar en un corazón humano a base de poemas presentados "como ofrenda, como paloma ardiente / sólo unas pocas brasas".

Y resulta alentador percibir que Antonio Colinas ha encontrado el equilibrio preciso de la forma para desnudar la poesía en otro equilibrio, el que sostiene a duras penas a Oriente y Occidente, que él mismo interiorizó en su singular libro de viajes La simiente enterrada, editado en Siruela. No se engañe el lector ni piense que el poeta ha cedido al chantaje de los haikus: el equilibrio, tan frágil, es el que establecen las miradas hacia la criatura que escribe, la redención prometida tras el fatigoso tránsito de la espiritualidad de Occidente frente a la paz que aspira a ser nada en Oriente. Los versos de Desiertos de la luz tienen mucho del wu wei, la teoría oriental que habla de reacción sin acción ("sabiendo que, por fin, ya no hay salida / que yo soy la salida"), pero también de asombro ante la naturaleza y aspiración de libertad. Belleza en suma, esculpida silencio tras silencio.

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