Camarón entre las cuerdas

  • El productor Ricardo Pachón y los guitarristas Paco Cepero y Tomatito hablaron de música y vivencias en la clausura del congreso Leyenda Camarón

El asunto ya sonaba bien hasta en el pentagrama. Camarón y sus músicos. Tomate, presente, Paco Cepero, presente, Ricardo Pachón, presente, y a los mandos, Manuel Curao. Y si sonaba bien en papel, mejor se escuchó en directo. Se nos antojaba que a esos seres místicos, tan virtuosos como callados, que suelen parapetarse tras las cuerdas a la espera del ayeo del cantaor, les habían dado cuerda -será que Camarón es inspirador- y frente al atento público del centro de congresos de San Fernando el guitarrista con el que comenzó su carrera y el guitarrista con el que la terminó rivalizaron en divertidas anécdotas, en golpes de ánge y en alabanzas al titular de este congreso Leyenda Camarón que culminaba la tarde del viernes.

Tampoco estuvo corto el artífice de La leyenda del tiempo que, como sus compañeros de mesa, no sólo desgranó las cualidades musicales de José Monje Cruz -"es el mejor músico con el que me he encontrado", contaba Tomatito que un día le dijo Paco de Lucía- sino también una característica presente en casi cada mesa de este congreso, Camarón como gran aficionado.

Así, Pachón no pudo dejar de acordarse de aquel día en el que estaban recogíos -después del batacazo en Barcelona...- en casa de Bambino -"que tenía un agujero en la mano de generoso que era", precisaba- y a Camarón se le puso en la cabeza ir a grabar a Tío Enrique que tenía una taranta con la que José moría. "Bambino le compró un radiocasete grande y allá que se fue... Y cuando volvió le dijimos que pusiera la grabación para escucharla... Y no se había grabado. La que le entró que abrió una ventana y tiró el radiocasete por ella. Menos mal que no pasó nadie", relataba el también músico. Pero lo consiguió. Consiguió Camarón coger la taranta de Tío Enrique, tal y como descubría Tomatito, al que Camarón mandó a casa de José Sarroche "porque se había enterado que tenía una cinta de Tío Enrique, que aunque vivía en Barcelona era de Almería. ¿Cómo te has enterado que tengo esto?, me dijo Sarroche cuando me vio entrar", reía el gran José Fernández Torres absolutamente pletórico hablando de su amigo con la adoración saliéndole a borbotones por la boca.

"Si se enteraba que había uno cantando bien en Pennsylvania, a Pennsylvania que se iba", corroboraba Paco Cepero que no se resistía a presumir, con toda la razón, de que él tuvo "el privilegio" de tocarle a Camarón en su "mejor época", cuando "su voz era almíbar puro".... "Y es que los cantaores cuando imitan a Camarón imitan lo malo, ¿verdad Tomate?", decía de maestro a maestro. "Paco, yo sólo te digo que cuanto más escucho a los nuevos que salen como él, más me gusta él, porque no hay otro igual", respondía el almeriense.

Tres épocas contempla Ricardo Pachón en Camarón, coincidiendo con Cepero en que la mejor es su estado primigenio, en el sentido de cómo clavaba una forma de cantar, prácticamente desaparecida hoy en día, la que respeta la respiración del cante. "Hoy nadie canta una soleá de 4 versos sin respirar", apreciaba el productor que también rememoró, como no podía ser de otra manera, esos días de leyenda y LSD en que Camarón "fue feliz", "los días en los que más feliz fue en su vida", sentenció.

De otras sustancias menos alucinógenas pero más afloja risas se acordaba Cepero en dos o tres anécdotas terminadas, bien con el maestro jerezano riéndose a carcajadas de un fandango sobre la muerte, o bien como víctima de alguna bromita pesada de Paco (de Lucía) y Camarón aprovechando el efecto secundario de dormidera que dan las "dos calaítas".

Las risas rebotaban por todo el auditorio provocando un clima de cálida familiaridad sin, por ello, menoscabar el calado de las reflexiones que los músicos hicieron de ese otro gran músico que era José Monje Cruz. "El primer guitarrista de Camarón fue Camarón. Tocaba muy bien y no llegó a ser un virtuoso porque no estudiaba lo que este instrumento tan exigente requiere", apreciaba Pachón que, por cierto, conoció a ese "niño rubito" de la Isla por mor de una guitarra, una que partió en la Venta de Vargas su propietario, un americano con tres copas de más. "Ese niño rubito, que ya tenía un halo mágico, como dicen que tenía también desde niño García Lorca, no dejaba de llorar por la guitarra", se emocionó Pachón, que compró las astillas por 2.000 pesetas. Años después, la restauraría y la perdería con otro grande del cante, Antonio Mairena.

Su capacidad para coger los cantes de otros y hacerlos suyos, su pasión por "los cachivaches" de todo tipo ("lo que hubiera disfrutado en estos tiempos con los ordenadores y con la posibilidad de tener un estudio en casa...") y su devoción por la guitarra, por la guitarra y el cante a palo seco ("por bulerías, no me toques los cajones", dicen que decía con sorna), quedaron patentes en esta mesa tan didáctica como entretenida y tan simpática como emotiva gracias a sus componentes que supieron crear un clima de afabilidad no siempre evidente en otros encuentros del congreso.

Camarón entre las cuerdas sonó de categoría. Qué bonito fin de fiesta.

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