Camino a la perdición

  • Denis Jonhson narró en su primera novela que ahora se reedita, 'Angeles derrotados', una historia de seres desarraigados y sin futuro

Hijo de Jesús toma su título de un fragmento de Heroin, la canción poema de Lou Reed en los días de The Velvet Underground: "Cuando me lanzo en mi carrera / y me siento igual que el hijo de Jesús". En el relato Urgencias de ese libro, un celador atiborrado de las pastillas que roba y que pasa la fregona por un quirófano inmaculado porque su viaje químico le hace ver sangre por todas partes dice: "Hay tanta porquería dentro de nosotros, tío, y lo único que quiere es salir". Algo más tarde de esa sentencia, sobre las tres y media de la madrugada, un hombre entra en el hospital con un cuchillo clavado en el ojo. Ha sido su mujer. El hombre llega solo, por su propio pie. El otro ojo es de plástico o algo por el estilo. Su mujer ha elegido bien. El hombre, Terrence Weber, no quiere que llamen a la policía, "a menos que me muera". El celador canturrea una canción de Neil Young. El especialista en ojos está de vacaciones. El celador y el recepcionista no han dejado en ningún momento de ingerir pastillas robadas. La punta del cuchillo toca algo en el cerebro de Weber que le impide mover el brazo izquierdo. El celador tiene que preparar a Weber para la operación, pero lo que hace es extraerle el cuchillo, y Weber recupera su actividad motriz. El celador y el recepcionista acaban su turno y se van a la feria del condado.

Lo que ocurre a partir de ahí lo leen ustedes. Si quieren.

¿Hay que leer a Denis Johnson? Yo creo que sí. Pero esto es lo de menos. Veamos otras opiniones. La de Philip Roth, por ejemplo. ¿Qué les parece? Pues cuando apareció en Estados U nidos Ángeles derrotados, la primera novela de Johnson que Anagrama reedita ahora, Roth dijo que su prosa "es de un poder y de una elegancia asombrosa" y del libro proclamó que "es una pequeña obra maestra".

Pero pongamos por caso que su opinión es que le resbala la opinión de Philip Roth. En fin. ¿Prefiere la de John Le Carre? Aquí la tiene. Y, como suele decirse, Le Carre está en las antípodas de Roth, ¿no? Pues bien, dice Le Carre de Ángeles derrotados: "Hacía años que una primera novela no me impresionaba tanto". Y oiga, Le Carre no es fácilmente impresionable. Lo leí hace tiempo en una entrevista. Y puede que sea verdad.

Ángeles derrotados. ¿No es lo que somos la mayoría? Sin darnos cuenta, desde luego. No hace falta una vida patibularia ni llevar la existencia al extremo de los personajes protagonistas de la historia de Johnson. La rutina, bueno, también es derrota. Esta novela nos aleja de ella mientras la leemos. Fue escrita a finales de los años setenta. La noche limpia, estrellada y cantarina había hecho bum y sólo quedaban los harapos budistas y el tufo a incienso requemado del zen de los beatniks más espirituosos y los pétalos mustios y resecos de los comeflores del flower-power más naïf.

Lo que no sepultó el lodazal de Woodstock lo aplastaron los Ángeles del Infierno en Altamont. El hedor de la carne viet abrasada por el napalm hizo que las barbacoas en el jardín de atrás apestaran. Susan Atkins abrió en canal a Sharon Tate. Tommie Smith y John Carlos levantaron sus puños enguantados de negro en el podio de México 68. Los Papeles del Pentágono cantaron a los estadounidenses que su Gobierno, desde los tiempos de Truman, estaba apoltronado sobre una ciénaga de engaños y falsedades, y Nixon lo terminó de arreglar enmierdando con el Watergate hasta el último rincón de la Casa Blanca. Para entonces, la crisis del petróleo había hecho el resto y a los Greyhound ya no subían trotamundos con camisas de franela dispuestos a viajar de costa a costa buscando garitos de be-bop sino desarraigados tatuados en el trullo con una idea fija en la mente: violar la libertad condicional como única salida de la pesadilla en que había tornado el sueño americano. Los "muertos de regreso", como los llama un joven Denis Johnson que, nacido en Munich y crecido en Tokio, Manila y Washington, puntos cardinales del imperio, coge en aquellos años la máquina de escribir y narra una historia de perdedores y perdidos. No hay dulces angelitos ni nanas que cantar. Toca despertarse.

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