Capitalismo de cartón y tocadiscos

No le hacen falta palabras a Martin Zimmerman para expresar su odio por los tiempos modernos. Como un Chaplin contemporáneo, consigue reírse de manera irónica de objetivos en la vida que todos (¿queremos?) alcanzar como la riqueza o el éxito profesional por encima del compañerismo. Pero también se ríe de un simple teléfono móvil. Quizás es en esa escena -el personaje sube al metro, se sienta en su maletín, empieza a enviar SMS, el maletín desaparece y él permanece sentado en el aire atento a su pantalla- donde está la esencia de Gaff Aff.

El espectáculo recorre un día en la vida de un personaje -una especie de ejecutivo que no se separa jamás ni de su maletín ni de su móvil ni de sus problemas de oficina- y le sirve de excusa para realizar una exquisita crítica a las prisas, al consumo, a la soledad. Un robot humano que trabaja para vivir. ¿Les suena?

Lo que sí necesita Zimmerman es a su único compañero de reparto, Dimitri de Perrot, que guia al personaje con los sonidos que saca con su tocadiscos. Su aguja sirve de hilos para el títere que desarrolla la parodia sobre un escenario móvil con forma de vinilo. Ahí desarrolla una espectacular coreografía -parece imposible repetir- plagada de gestos acrobáticos y circenses en un escenario de cartón. Material que le permite crear mundos imaginarios al convertirse en sillas, jefes, comida, dinero o medios de comunicación. Incluso en un gato o un ratón. Gesto hacia los pequeños recovecos de humanidad que aún quedan en la sociedad actual. A los que Zimmerman parece querer rendir homenaje. Sólo al final, eso sí.

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