Cátedra rescata 'Claros del bosque', la obra capital de María Zambrano

  • La nueva edición a cargo de Mercedes Gómez Blesa incluye un amplio estudio introductorio e introduce claves decisivas para la contextualización del ensayo poético

Mientras el anunciado lanzamiento de las Obras completas de María Zambrano en el sello Galaxia Gutenberg termina de hacerse realidad (la Fundación consagrada a la pensadora con sede en Vélez-Málaga, responsable del proyecto junto el Centro Andaluz de las Letras, señaló el próximo mes de octubre como fecha definitiva para la aparición del primero de los cinco volúmenes después de varios retrasos acumulados), Cátedra ha decidido mover ficha y rescatar en su emblemática colección Letras hispánicas la que puede considerarse obra capital de la pensadora, Claros del bosque, en una edición a cargo de Mercedes Gómez Blesa que ofrece claves decisivas para la contextualización y asimilación del ensayo. La última edición del libro, correspondiente a Seix Barral, data de 1993, por lo que la recuperación está más que justificada.

María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904-Madrid, 1991) escribió Claros del bosque en 1977 durante su exilio en La Pièce, cerca de Ginebra. Allí, tal y como explica Gómez Blesa en su introducción, “a pesar de su apartimiento, contaba con un grupo de familiares y amigos españoles afincados en Ginebra que la visitaban con frecuencia (...), sobre todo el poeta José Ángel Valente, con quien la autora sostuvo un intenso y enriquecedor diálogo intelectual, espiritual y creativo que abonaría sus respectivas obras”. La influencia de Valente (de quien, precisamente, Galaxia Gutenberg acaba de publicar su Diario anónimo) en el resultado final de Claros del bosque resulta de hecho determinante, ya que el autor de Fragmentos de un libro futuro se encargó de ordenar los numerosos textos que la filósofa fue escribiendo en aquellos últimos años de su exilio hasta orquestar la estructura definitiva de la obra. Valente definió siempre como axial la herencia que recibió de Zambrano, reforzada durante aquellos años de búsqueda común en los márgenes más iluminadores de la palabra.

Escrito por tanto en el último tramo del exilio, primer motor de su pensamiento (la veleña regresó a España en 1984 y ganó el Premio Cervantes en 1988), Claros del bosque representa cierta cima en la producción de María Zambrano, una tentativa de testamento que resume con especial intención la trayectoria filosófica que dio su primer paso en 1934 con Hacia un saber del alma. La misma escritora lo explicó en su día: “Creo, pues, que como libro es el que más responde a esa idea hace tiempo formulada de que ‘pensar es ante todo –como raíz, como acto– descifrar lo que se siente’, entendiendo por sentir el sentir originario, expresión usada por mí desde hace años. Y también que ‘el hombre es el ser que padece su propia trascendencia’, en un incesante proceso de unificación entre pasividad y conocimiento, entre ser y vida”. La metáfora del claro del bosque sirvió así en bandeja a la pensadora el emblema de su empeño: la propuesta de un conocimiento establecido desde la emoción, desde la lógica del corazón como motor propio de inteligencia, en contraposición al racionalismo más escrupuloso. Identificar los claros del bosque significa que ese otro saber puede ser formulado, estudiado, evaluado. “Hay que dormirse arriba en la luz”: he aquí su instrucción esencial.

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