Charlot sigue vivo

  • 'Chaplin. La sonrisa del vagabundo' recrea la historia de un "superviviente" con mirada de niño que fue capaz de construir concienzudamente sus películas como artefactos para hacer soñar

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Al cine mudo -o sea, al cine que se realizaba hace apenas setenta u ochenta años-, le ha pasado como a los clásicos de la literatura de hace uno, dos, tres siglos... Sólo interesa al restringido número de los muy apasionados y a unos pocos historiadores voluntariosos. Una actitud inconsecuente, toda vez que el cine hodierno se entiende mejor a partir del conocimiento del de ayer. Quienes hoy jalean a ciertos autores 'modernos' (etiqueta caduca donde la haya) harían bien en recurrir a la moviola de la memoria; numerosas 'innovaciones' de la actualidad son tan viejas como el propio cine; fueron empleadas ya en películas y por cineastas hoy sepultados en el arenal del olvido. De los pioneros, son pocos... Más aún, son poquísimos los que han salvado la trampa del tiempo. Uno de ellos, quizás el más relevante, es Charles Chaplin, a quien ese cinéfilo supuestamente distraído que es Javier Ortega ha rendido un emotivo homenaje en el libro: Chaplin. La sonrisa del vagabundo (Berenice, 2008).

La historia de este cineasta es la de una ascensión desde los vertederos londinenses de la Revolución Industrial a las lujosas mansiones californianas donde todo se despilfarra en exceso. Chaplin, que nació en la miseria, acabaría sus días nadando en la abundancia; sin cuna ni estirpe, se codeó con las testas coronadas de medio mundo; sin voz, llevó su mensaje a millones de personas. La trama de su vida es la de muchas malas novelas, pues oscila entre los extremos melodramáticos de una niñez vivida en la indigencia y la opulencia posterior, cuando el Séptimo Arte lo convirtió en uno de los personajes más populares de su tiempo. Su itinerario vital nos conduce del arrabal de los desahuciados al bulevar de los elegidos. Hijo de un artista de vodevil alcoholizado y de una actriz con problemas mentales, Chaplin fue, como señala oportunamente Ortega, "un superviviente", y la lucha por la supervivencia es una constante en su cine. También el personaje del Vagabundo es un superviviente; en definitiva, él es Chaplin y viceversa.

Aunque fuera bautizado con los apelativos más variados (Charlot en el mercado hispano), el Vagabundo es en realidad un individuo anónimo, un tipo cualquiera arrojado a un mundo feroz. Allí tendrá que recurrir a las artimañas más ingeniosas para salir del paso. El Vagabundo es asimismo una persona con ínfulas (como Chaplin), según deja entrever su zarrapastroso porte aristocrático, recuérdese la distinción con que se fuma una colilla hallada por la acera. Un señorío puesto en entredicho por una chaquetilla demasiado estrecha y unos pantalones demasiado anchos, un bigotillo minúsculo y unos zapatones desproporcionados, un bombín raído y un bastón rebelde. Charlot es sobre todo, y esto lo hace aún más valioso, un ser digno, y defenderá su dignidad allá donde se encuentre, saludando con deferencia al policía presto a detenerlo o no olvidando jamás las buenas maneras, incluso, a la hora de comerse un zapato en una memorable secuencia de La quimera del oro (1925). Estamos ante una creación portentosa: un don nadie con quien cualquiera se identifica -cualquiera con ese mínimo de dignidad señalado- y en quien se reconcilia una esperanzada "mirada de niño" ante la vida por delante y una astucia nada despreciable respecto a la vida alrededor.

Aunque no descuida la primera parte de su filmografía, esa década prodigiosa de dedicación casi exclusiva al cortometraje, Javier Ortega se detiene principalmente en el análisis de sus largometrajes, un rosario de excelentes películas, salteado por varias Obras Maestras, como Luces de la ciudad (1931) o Tiempos modernos (1936), y algún título fallido, pienso en El gran dictador (1940) o Un rey en Nueva Cork (1957), en los que brilla, sea como fuere, una coherencia y un arrojo fuera de lo común. Las películas de Chaplin son artefactos construidos de manera concienzuda, con un perfeccionismo rayano en lo obsesivo, cuando no en lo despótico; baste recordar el episodio de la destrucción de los negativos del filme A Woman of the Sea, del que era productor, descontento con los resultados. La vigencia de sus filmes se basa en la transparencia y exactitud que buscó con tanto denuedo, pero ¡qué vamos a descubrir nosotros a estas alturas! Como dijera Harriette Underhill, alabar las bondades de Chaplin como cineasta es tarea tan obvia, y a la postre tan insuficiente, como afirmar que Shakespeare fue un buen escritor.

La historia de Chaplin es la de una ascensión, se dijo líneas atrás. En su pecho latía el corazón de piedra de los luchadores natos; esto le permitió entrar y salir de la jaula de fieras hollywoodiense sin apenas rasguños. Su historia es asimismo la de un endiosamiento; bastaría leer su libro de memorias para comprobar cómo el éxito puede embotar la probada inteligencia de una persona. Javier Ortega introduce el hilo biográfico en el tapiz crítico, pero, sin negarlos, prefiere no abundar en los aspectos más ingratos de su existencia. De alguna manera, la opción lo honra; el libro quiere ser un plato suculento, no carnaza.

Chaplin. La sonrisa del vagabundo es una monografía bien razonada y escrita, abierta a pequeñas, pero afortunadas, digresiones sobre el humor como terapia y la función catártica de la carcajada. Estamos tentados de repetir, para terminar, lo que dijera Luigi Pirandello en sus libros, y demostrara Charles Chaplin en la pantalla, que hay que reír, reírse fuerte, que la vida es cosa de risa.

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