Cien años de Tati

  • Se cumple el primer centenario del cineasta francés, el que fuera el gran crítico de la modernidad a través de las divertidas andanzas del señor Hulot

Georges Emmanuel Tatischeff, agregado militar de la embajada rusa en París, se casó a principios del pasado siglo y en segundas nupcias con la italo-holandesa Claire van Hoff. De esta unión, nació, el 9 de octubre de 1908, Jacques Tatischeff, que andando el tiempo recortaría su apellido y pasaría a la historia del cine como Jaques Tati, el genial director y actor francés de cuyo nacimiento se cumple ahora un siglo.

El joven Jacques, cursó sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios y también realizó labores de restauración de obras de arte en la empresa de su familia. Apasionado del deporte, su carrera artística nació a golpe de improvisados sketches cómicos escenificados para entretener a sus amigos en los descansos de los entrenamientos del equipo de rugby del Racing Club de París del que formó parte.

A principios de los años 30, comenzó a colaborar como actor y guionista en películas de directores como René Clement y Claude Autant-Lara y tras la Segunda Guerra Mundial, se dedicó profesionalmente al music-hall, lo que le llevó a conocer y trabar una estrecha amistad con personajes de la talla de la cantante Edith Piaff o la escritora Sidonie Gabrielle Colette.

En 1946 dirigió e interpretó La escuela de los carteros, un cortometraje que se convirtió en la antesala de su primer largo, Día de fiesta, rodado dos años después y por el que recibió el Premio al Mejor Guión en el Festival de Venecia de 1948.

Su segunda película llega en 1953, Las vacaciones del señor Hulot, considerada como un clásico de la historia del cine, en ella Tati da vida al que sería su tan entrañable como inseparable personaje a lo largo de toda su carrera. El señor Hulot era un tipo amable y modesto, pero también un outsider, impenitente fumador de pipa, que ataviado con sombrero, gabardina y calcetines arco iris, se enfrenta al mundo, en ocasiones hostil, que le rodea, con un humor que va mucho más allá de la bufonada episódica.

Heredero directo de los maestros del mejor cine mudo norteamericano y francés, Jacques Tati logra un nuevo reconocimiento mundial en 1958 con otro título imprescindible, Mi tío, filme por la que recibió el Premio Especial del Jurado en Cannes y el Oscar a la mejor película extranjera del aquel año.

Meticuloso artesano del cine, el francés necesitó nueve años para poder dar por finalizada su siguiente película, Playtime, estrenada en 1967, una hilarante sátira a la sociedad de aquella época en la que se narran las peripecias de unas turistas norteamericanas en París. Una película compleja y de costosa producción que fascinó al mismísimo Truffaut, que prácticamente obligó a Tati a participar un año después en su clásico Besos robados.

Caracterizado por una constante reflexión sobre la modernidad, los avances tecnológicos y el concepto de hombre máquina que ya alumbrara Chaplin en Tiempos modernos, el cine de Jacques Tati puede definirse como el de un artista enamorado de la cámara que desarrolla su humor tranquilo y elegante a base de gags tan contundentes como medidos que cautivan al espectador y le mantienen constantemente atento a la pantalla.

Menos de una decena de largometrajes en más de tres décadas podría parecer un escaso bagaje, pero todos ellos son hoy considerados obras maestras del cine de humor que no dejan de revalorizarse con el tiempo, en buena medida gracias al trabajo de su hija Sophie, especialista en montaje, que se encargó de la restauración de la mayor parte de la filmografía de su padre.

Al final de su vida, el reconocimiento de su obra no fue suficiente para evitarle atravesar unas dificultades económicas que pretendió superar reviviendo a su entrañable señor Hulot que, sin embargo, no logró adaptarse a la dura realidad social del último tercio del pasado siglo que terminó por superarle.

Finalmente, su talento volvió a ser reconocido en 1979, cuando el gobierno francés le concedió el Gran Premio Nacional de las Artes y las Letras, tan sólo tres años antes de su muerte el 5 de noviembre de 1982, en Paris, a los 75 años.

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