Cine que recuerda al viejo cine

  • La gallega Olaia Sendón recrea en su documental 'Los fabulosos hermanos de la luz' las antiguas proyecciones cinematográficas en pequeñas aldeas de la Costa da Morte

Antes el cine era otra cosa. Aunque parezca mentira, hay quien recuerda como a su pequeño pueblo llegaba un señor con su cámara Pathe Baby a proyectar películas mudas. Durante el evento, él se erigía en el narrador. Interpretaba a princesas, cowboys, soldados en plena guerra. Los cines eran pequeños, majestuosos. La magia de ver imágenes en movimiento en una pantalla en blanco sorprendía a pequeños y mayores: había dragones, se veía el oeste, Chaplin conseguía sonrisas...

Es precisamente el mundo que la realizadora gallega Olaia Sendón ha recreado en su documental Los fabulosos hermanos de la luz. Una obra perteneciente a la serie Costa Difunta cuya primera parte, A casa de Lola Andrés, también se vio en Málaga el año pasado. Pero la documentalista y fotógrafa no lo hace con los testimonios de los más viejos de los pequeños pueblos de la Costa da Morte en los que rueda. Obvia el corte periodístico. Se interna en la historia través de un oscuro pero conmovedor recorrido por una veintena de salas de cine en esas aldeas que aún conservan un halo especial alrededor del cinematógrafo.

Con una fotografía especialmente cuidada, es este el documental más experimental en la Sección Oficial a concurso de la presente edición del Festival de Cine de Málaga. "No quería algo periodístico, me apetecía buscar la misma magia de aquellas proyecciones a principios de siglo", afirma Sendón.

Los fabulosos hermanos de la luz aborda el inicio del cine en varias aldeas de la costa gallega a través de la proyección de fotogramas antiguos o texturas sobre los propios edificios, sus sillas, su mobiliario, sus recuerdos latentes. "Quería crear una atmósfera muy especial entorno al cine", cuenta la gallega. Y lo consigue, gracias también a la imprescindible música de Silvia Penide y Alejandro Masafret (creada con dos pequeños xilófonos y un antiguo teclado Casio), así como la ingeniosa narración de Ramón Caamaño.

Uno de los documentales más cortos de este festival, con sólo 17 minutos de duración, pero que se convierte en una pequeña joya audiovisual en la que recordar épocas y sentimientos que aún merece la pena recordar. Y vivir.

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