Cine religioso de los maestros apócrifos

  • Más allá de las aproximaciones literales a la Biblia, el séptimo arte también ha dado obras de profunda mirada mística firmadas por directores como Pasolini, Dreyer o Buñuel

Aunque durante estos días la parrilla televisiva se llena de clásicos de cartón piedra como Ben-Hur o Quo Vadis, el cine religioso abarca también obras de profunda mirada mística en manos de maestros apócrifos como Dreyer, Buñuel, Bergman, Pasolini o Kim Ki-duk.

Obras maestras o películas de culto, les distingue el que, frente a la particularidad de cada doctrina religiosa, eligieron la universalidad del misticismo y convirtieron su búsqueda en un ejercicio de introspección antropológica.

El italiano Pier Paolo Pasolini, homosexual y comunista, dedicó a Juan XXIII, renovador de la Iglesia católica, su desgarrada y naturalista versión de Il Vangelo Secondo Matteo (1964), que fue alabada por las más dispares creencias.

Personal pero profundamente respetuosa, con un Jesucristo depurado de toda grandilocuencia e interpretado por el español Enrique Irazoqui, la película engrandece con su humanidad el contenido ultraterreno, orquestado por música de Mozart, Bach y Billie Holiday.

"Debería ser un escéptico, pero soy un escéptico que tiene nostalgia de creer", reconocería el atormentado cineasta, todo lo contrario que otra rara avis de un país de arraigadas convicciones religiosas, el español Luis Buñuel, y su célebre declaración de principios: "Soy ateo, gracias a Dios".

Así, su cine trasluce su poso católico: El eremita de Simón del desierto (1965), la tentación necrófila de Fernando Rey en Viridiana (1961) y, por supuesto, Nazarín (1958) hablan, desde su perspectiva malsana, de conceptos como virtuosismo, pecado, milagro, penitencia y caridad.

Como contraste a las visiones latinas, algunas de las plasmaciones más bellas del sentido religioso se forjaron en el norte de Europa, donde los hilos conductores del cine de Bergman y Dreyer -incomunicación, pasión y pulsión trágica- se alzaban con los corsés religiosos.

Carl Theodor Dreyer, con ecos del tormento de su compatriota, el filósofo Søren Kierkegaard -que distinguía entre el Cristianismo de la Iglesia y la verdadera Cristiandad-, consiguió una de las piezas más hermosas del arte cinematográfico al centrarse en la religión con Ordet (1955), ganadora del León de Oro en Venecia.

Basada en una obra teatral del dramaturgo y pastor protestante Kaj Munk, la película analiza la fe como un inestimable potenciador de las capacidades humanas, como el placebo que permite a las personas dinamitar las barreras de la lógica, así como la universalidad del amor.

"No hay diferencia entre el amor sagrado y el amor carnal (...) Lo bello en Munk es que comprendió que Dios no había separado las dos formas de amor. (..) Pero a esta forma de cristianismo se le ha opuesto otra, una fe sombría y fanática", se lamentaba Dreier en el libro-entrevista Reflexiones sobre mi oficio.

Ingmar Bergman, hijo de un pastor luterano, aseguraba: "Espero no llegar a ser tan viejo como para llegar a ser religioso", pero articuló sus obsesiones místicas en cintas como El séptimo sello, que deshojaba los mitos de la religión para llegar a la esencia del más allá, y en su trilogía sobre las relaciones entre razón y fe y mente y espíritu.

Como en un espejo (1961), Los comulgantes (1962) y El Silencio (1963) son el devastador recorrido en el que extrapoló el diálogo estéril entre hombres al riguroso silencio de Dios con sus criaturas, radiografió las dudas vocacionales de un sacerdote y zarandeó los cimientos de la compatibilidad del mal terreno con la bondad suprema.

Así, su cine revisaba pilares fundamentales de los estudios teológicos como el Libro de Job y el problema de la teodicea y captaba la doble victoria de la religión: el yugo moral al que se someten los creyentes y el desamparo causado por su desmitificación.

En el siglo XXI, Kim Ki-duk ha renovado -minoritariamente- el cristianismo a través de un refrescante punto de vista oriental y aunque la espiritualidad es un factor común en su filmografía en fábulas simbólicas como Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera (2003), sus referencias bíblicas fueron explícitas con Samaria (2004).

La película, ganadora del Oso de Plata al mejor director en Berlín, exploró la acción desinteresada en su más radical expresión, mezclando sexualidad, honor, redención y martirio en una explosiva parábola sobre la creencia como antídoto contra la desesperación.

"Se habla de milagros porque nuestra vida es fría, y los personajes de mis películas necesitan y hacen uso de esa posibilidad como manera de fantasía y esperanza", explicaba el cineasta en la presentación del filme.

A esta lista se suman Rossellini en Francesco, giullare di Dio (1950), Scorsese en La última tentación de Cristo (1988), Ferrara en Mary (2005) y, si se quiere, Kubrick en 2001: Una odisea del espacio (1968), que demuestran que los maestros del cine, como los de otras disciplinas artísticas, encontraron en la existencia de Dios, también a través de la negación o la duda, una inagotable fuente de inspiración.

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