Cirque du Soleil levanta esta noche el telón de 'Quidam' en Málaga

  • Desde hoy y hasta el próximo 13 de julio, la carpa conocida como el Grand Chapiteau esconde el misterio de un espectáculo que en unas dos horas no da respiro al espectador con acrobacias, música y emoción

Bajo el Grand Chapiteau se esconden 118 metros cuadrados de escenario en los que suceden muchas cosas, y casi siempre varias al mismo tiempo. Así de trepidante es Quidam, el espectáculo que el Cirque du Soleil ha traído a Málaga y que hoy comienza su larga serie de representaciones. Hasta el próximo 13 de julio, una niña frustrada y desencantada se adentrará cada noche en el universo de Quidam, dejando atrás en un mundo convertido ya en insignificante para ella. Zoe es esa niña, y el encantador John será quien la guíe, y también a los espectadores, por las casi dos horas de espectáculo.

Mientras la música suena -de modo constante y en riguroso y sorprendente directo-, la acción arranca tras un baile de reminiscencias surrealistas. El primer gran número es el de la rueda alemana. Un hombre encerrado en la rueda no deja de desafiar la ley de la gravedad. ¿Su única ayuda? Él mismo, y su extraordinario dominio de su cuerpo. Esta primera sorpresa marca el tono de Quidam, circo de vieja usanza mostrado de forma original -si está en las primeras filas, querido espectador, no se preocupe, la rueda se le acercará pero no se le caerá-.

Después aparecerán muchos personajes, pero créame, a quien no olvidará será a Frank, el payaso. Observe bien, porque aunque no lo quiera creer la chica a la que subirá al escenario no forma parte del Cirque du Soleil. Se lo aseguro. "Cada día me la juego", es algo que él dice de su trabajo. Se reirá, y mucho.

En la primera parte del espectáculo, además del número del payaso, debe prestar mucha atención a un grupo de niñas que le van a sorprender con sus endemoniados juegos con el diábolo, o yoyó chino. Cuatro jóvenes artistas chinas, cada una con dos bastones unidos por una cuerda en la que una bobina de madera gira. No se creerá la magnética destreza con la que se manejan y se coordinan. Este número ganó la Medalla de Oro del Festival du Cirque de Demain de 1995 en París. Lo inquietante de esta demostración es la imborrable sonrisa de las niñas -cuando ensayan, y lo hacen durante horas todos los días, no sonríen tanto-.

No deje de mirar hacia arriba -en muchos momentos será imprescindible-, y fíjese en los railes aéreos. Son la estrella técnica de Quidam, la clave para gran parte de lo que sucede. Al conjunto lo llaman Telepherique. Estas nueve toneladas permiten mover el equipamiento acrobático, los artistas y el atrezo desde una plataforma en bambalinas apodada el garaje, además de poder subir y bajar a los artistas a la altura apropiada en cada número en particular. Es fundamental en varios, como el de las cuerdas lisas y el trapecio de cuerda.

Uno de los momentos inolvidables de Quidam motivó la construcción del Telepherique: "Quiero ver a alguien andando por el aire", dijo Franco Dragone cuando comenzó a idear el espectáculo. Y sus deseos fueron órdenes.

La idea del vuelo planea por las dos horas de Quidam. Así sucede con la contorsión aérea en sede. Una mujer parece levitar en el aire mientras se sujeta y balancea en una larga cinta roja.

Pero en el suelo también encontrará acción. Ya en la segunda parte, tras el corto descanso -ideal para tomarse un perrito caliente, beber un refresco y, si usted es fumador, echarse un cigarrillo a los dientes-, quizá le sorprenda todo lo que se puede hacer con una comba. Un grupo de 20 acróbatas, dotados de una coordinación y un sentido del ritmo excepcionales, ejecutan una serie ininterrumpida y agotadora -también para el observador- de saltos y figuras en solitario, en dúo o en grupo.

También el final del espectáculo sucede en el suelo, aunque mirando hacia arriba. El número del banquine es una muestra de la increíble agilidad del cuerpo humano. El grupo formado por quince artistas ejecuta unas series espectaculares de acrobacias y pirámides humanas, dejando al público boquiabierto -esto lo dice el propio Cirque du Soleil, pero es cierto-. Sus movimientos están perfectamente sincronizados y siempre superan lo que parecía increíble. Se trata de una tradición acrobática italiana que tiene sus orígenes en la Edad Media -aunque en Quidam son artistas rusos quienes lo ejecutan-. Este número ganó un Clown de Oro en el Festival Internacional de Circo de Montecarlo en 1999.

Antes de llegar al final aún quedan algunas sorpresas, como la segunda aparición del payaso de Quidam. Si se rió en la primera parte, en esta segunda su salud puede correr peligro. Y en cada momento, John aparece y desaparece del escenario, siempre intentando alegrar cualquier rostro que vea con una mirada triste o apagada -haga la prueba, él se dará cuenta-.

El otro gran número, de esos que no podrá olvidar, es el de la estatua. Dos artistas fuertes y flexibles, en contacto permanente, se mueven de manera casi imperceptible adoptando posiciones que serían imposibles sin un impecable sentido del equilibrio. Este número, que rinde homenaje a la belleza natural del cuerpo humano, ganó un Clown de Plata en el Festival Internacional de Circo de Montecarlo en 2000 -¿quién ganó el de Clown de Oro?-.

Todo esto y mucho más es lo que podrá ver en las dos horas de Quidam. Quizá no le convenza la música, quizá no le guste el vestuario o incluso puede no impresionarle la puesta de escena, pero seguro que no podrá creer lo que ve cuando el Cirque du Soleil se pone a hacer circo.

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