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Consideraciones al final

  • Acantilado continúa la publicación en España de la obra del serbio Danilo Kis con su magistral 'Enciclopedia de los muertos', índice definitivo para un humanismo fértil

Para fortuna del respetable continúa Acantilado con una de sus más amables empresas recientes: la publicación en castellano de la obra de Danilo Kis (Subótica, Serbia, 1935-París, 1989) escritor de inmensa dotación para lo asombroso desde la sencillez entendida como adscripción a la esencia. Kis logró una afable proyección en Francia tras su traslado a París en plena madurez y la inclusión de sus libros en el catálogo de Gallimard, fama que, por desgracia, no ha trascendido hasta ahora al sur de los Pirineos. Toca, pues, abrazar el testimonio de un autor que encarna, como pocos, el devenir histórico de la Europa del último siglo.

Tras Una tumba para Boris Davidovich (1979), su libro más popular, y la trilogía autobiográfica Circo familiar (1965-1972), Acantilado pone ahora en juego otro volumen imprescindible, la Enciclopedia de los muertos, una de las últimas obras de Kis, publicada en 1983 y reconocida en la entonces Yugoslavia con el premio Ivo Andric. El autor culmina su proceso de literaturización del Viejo Continente con un libro que trata, sin eufemismo alguno, sobre la muerte, y que a la postre resultaría premonitorio: el territorio natal de Kis se terminaría desangrando en un holocausto sin reservas poco después de la suya. Sin embargo, como abriendo de antemano la coartada a la esperanza, Kis emplea la consideración del final inaplazable para extender un humanismo fértil a través de una serie de relatos en los que se da cuenta de la singularidad de ciertas construcciones humanas, precisamente con la muerte como suceso definitivo y definitorio de la existencia.

El serbio hace gala de su habilidad con los mitos y los arcanos al sentar en el mismo ataúd a Simón El Mago (personaje bíblico, aquí heresiarca contemporáneo de Cristo), los durmientes de la Sura 18 del Corán, patriotas fatales y asesinos callados en los más diversos marcos, desde la Rusia postrevolucionaria a la Galilea del siglo I. Un libro misterioso que aspira a registrar los nombres de todos aquellos que murieron y que no aparecen en otros escritos, como epopeya deudora del Gilgamesh, ocupa las páginas centrales de un pedazo desbordante de la mejor literatura, que acierta de pleno en su ambición de especificidad del género humano, de su naturaleza y su condición. La muerte, más que imposición igualitaria, es una oportunidad para hacer justicia y dar a cada uno lo suyo, o hacer de cada uno un milagro. Borges, claro, respira en este sortilegio clásico para el regocijo.

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