Crítica de Cine

Conversaciones con Giacometti

Geoffrey Rush y Armie Hammer, en una escena de 'Final portrait'. Geoffrey Rush y Armie Hammer, en una escena de 'Final portrait'.

Geoffrey Rush y Armie Hammer, en una escena de 'Final portrait'.

El siempre peligroso biopic de artista encuentra en este Final portrait dirigido por el actor norteamericano Stanley Tucci una interesante deriva que lo aleja de los clásicos trayectos de malditismo y éxito con los que se suelen empaquetar las vidas de tantas figuras ilustres de la creación.

En apenas un par de espacios, el estudio de Alberto Giacometti y los cafés y bistrós a los que acude a comer o a divertirse, Final portrait parte del libro del crítico americano James Lord para realizar un esbozo sobre el terreno del famoso artista italosuizo en los días que ambos pasaron juntos para la elaboración de un retrato.

Tucci propone una dinámica teatral a un duelo (físico e intelectual) en el que afloran las dudas del artista, el sentido abierto e incompleto de la obra, el abandono de la vida personal y la entrega a la creación o, en un plano más íntimo, el pequeño juego de crueldad que llevó al artista a tener una doble vida sentimental entre su esposa y las prostitutas a las que frecuentaba con asiduidad.

Final portrait transcurre así con cierto rigor en su exploración de elementos mínimos y repetitivos, con algunos apuntes sobre la realidad y su representación artística y menos enjundia precisamente en eso que la traducción del título al español se ha encargado de subrayar, a saber, la amistad entre un hombre en su crepúsculo creativo, un Giacometti al que el especialista Rush presta una interpretación sólida con los inevitables tics de excentricidad, y el joven, encarnado por el guaperas de moda Armie Hammer (Call me by your name), capaz de aguantar estoicamente numerosas sesiones de posado como gesto de complicidad y admiración por el genio.

Algún que otro apunte de contexto (un par de palitos a Picasso o Chagall) busca situar al creador de las esculturas afiladas más significativas del siglo XX en el contexto del mundillo del arte parisino, aunque es su faceta íntima, su calculado desprecio al mercado y el dinero, su ánimo cambiante, su concepción casi mística de la creación, lo que permanece en este retrato exterior, parcial, incompleto aunque sugerente de sus últimos días.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios