Cruise y Von Stauffenberg: parecidos superficiales

Las preguntas más importantes que, desde un punto de vista ético e histórico, plantea la resistencia de altos mandos del ejército alemán frente a la guardia pretoriana de Hitler, al poder otorgado a las organizaciones nazis militarizadas que hicieron del crimen de guerra práctica habitual y al valor del dictador como estratega, que culminaron en el fallido atentado que esta película narra, quedan en ella sin respuesta. Y éste, junto a su protagonista, es el problema más grave que afecta a esta cuidada y costosa producción. Ciertamente una película no es un ensayo histórico y no se le exige explicar los hechos, sólo narrarlos. Pero sí es una trama dramática que debe fundamentar las razones que mueven a los personajes, definir sus caracteres y retratarlos con esa verdad humana que les otorgan los actores. En Valkiria fallan tanto ese fundamento de las acciones (responsabilidad del guión y la realización) como esa verdad humana otorgada a los personajes por los actores (responsabilidad, fundamentalmente, de Cruise: demasiado americano-sin-complicaciones -pese a su ligero parecido físico con el personaje real- para interpretar a un aristocrático coronel capaz de aunar refinamiento cultural, complejidad de carácter y pasión por la guerra como sólo un alemán o un japonés pueden hacerlo a partir de sus tradiciones de mística guerrera).

¿Actúan los conspiradores por resentimiento de clase y espíritu de cuerpo o por sentido ético y recto patriotismo? ¿Les horroriza el nazismo, como organizador del exterminio a escala industrial además de destructor de la propia Alemania, o la deriva de la guerra y la incapacidad de Hitler para reaccionar? ¿Hubieran actuado de la misma manera si, como entre 1939 y 1942, todo indicara que Alemania iba a ganar la guerra e instaurar el Reich de los mil años? ¿Qué pensaban sobre las leyes raciales puestas en vigor desde 1935, de las matanzas de judíos iniciadas desde 1938 y de los vagones de ganado que desde 1942 partían repletos de miles de indefensos civiles judíos y volvían vacíos? Ninguna de estas cuestiones -cuyas respuestas, complejas y contradictorias en muchos casos, conocemos a través de una apabullante bibliografía- se aborda seriamente en la película.

¿Hace esto Bryan Singer (Sospechosos habituales, X-men) para montar una superproducción espectacular y una trama de suspense con pretexto histórico, desentendiéndose de cuestiones más complejas, como tantas veces el cine bélico ha hecho? Vistos los resultados, si lo ha pretendido no lo ha logrado. Como espectáculo bélico sólo brilla en breves -aunque intensos- momentos (la batalla inicial); como recreación histórica sólo convence en breves secuencias (el encuentro entre el protagonista, Hitler y su siniestra e histriónica corte); como suspense conspirativo no funciona más que cuando la suerte está echada (las reacciones de los conspiradores en el tenso momento en que no se sabe si Hitler ha muerto); y como retrato de un personaje complejo choca con las limitaciones de Cruise.

Se queda así en una incómoda tierra de nadie. Correcta pero sin emoción, lujosa pero sin espectacularidad, fiel a los hechos pero sin interpretarlos. Lo primero y lo segundo la hacen algo plana. Lo tercero demuestra que la fidelidad superficial puede perjudicar a la verdad histórica: la conspiración contra Hitler, que costó la vida a más de 5.000 personas de tendencias muy distintas -desde este aristocrático militar prusiano hasta el teólogo y sacerdote Dietrich Bonhoeffer, que desde 1936 formaba parte de la resistencia interna antinazi-, fue más compleja y tenía raíces más hondas de lo que la película muestra.

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