Cuerpos en venta

Al gran crítico francés Serge Daney le bastó un inofensivo plano de un zapato para desmontar con inapelables y lúcidos argumentos la vacía retórica publicitaria que regía una película como El amante, de Jean-Jacques Annaud, cinta autoinvestida con los oropeles del prestigio y la qualité francesa. En aquella imagen descontextualizada y subrayada, Daney descubría el pastel de la posmodernidad (el "post-cine" lo llamó) como marco de representación en el que la imagen es ya objeto sin referencia en lo real más allá de sus afeites para seducir, para vender algo, para ser consumida en definitiva.

Una estúpida comedia romántica como Algo pasa en Las Vegas, con su inevitable tufo a déjà vu, con su evidente puesta al día reaccionaria (sólo se recupera la mecánica, nunca el trasfondo subversivo) de las viejas estrategias y esquemas del rematrimonio (casarse, divorciarse, volver a casarse) de la comedia clásica norteamericana, no busca sino vendernos dos cuerpos, mejor dicho, la imagen de dos cuerpos: los de Cameron Díaz y Ashton Kutcher como enésima pareja de fórmula sobre la que hacer pivotar la eterna guerra de los sexos en un escenario de neones de colores. Una imagen saturada y obscena empeñada en que nos los comamos con los ojos y apreciemos en cada plano la labor de los estilistas, maquilladores, dentistas, peluqueros y de toda la maquinaria publicitaria que los rodea y que los ha convertido en objetos en venta, en una marca patentada.

Si detrás de esta estrategia, que aplasta a su paso cualquier otro argumento narrativo y que deja caer sin disimulo una ideología perversa (y ya es mucho decir), se nos insiste en una idea del encanto directamente proporcional al vaciado intelectual de sus criaturas, que alardean de su poco cerebro sin tapujos, estarán conmigo en que ir a ver esta película es una absoluta pérdida de tiempo y de dinero.

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