Decir como si se asesinara

Teatro Cánovas. Fecha: 12 de diciembre. Compañía: GL Producciones. Dirección: Álvaro Lavín. Texto: Martin McDonagh. Adaptación: Vicky Peña. Reparto: Maite Brik, Gloria López, Chema del Barco, Juan Vinuesa. Aforo: Unas 150 personas (menos de media entrada).

Confieso que la adscripción de La reina de belleza de Leenane al llamado teatro de la crueldad me parece un tanto arbitraria. La obra de McDonagh me parece más cercana a Tennessee Williams y Arhur Miller, pero sobre todo a Edward Albee, que al manifiesto que firmaron André Gide y compañía en los años 30. Me arrimo más al tentadero de Albee porque aquí el lenguaje representa un papel decisivo cual personaje independiente, y seguramente de su empleo directo y lisérgico se extraen las comparaciones con aquel invento francés. Como en Albee, lo que se dice en esta obra significa mucho más de lo que se expresa, por mucho que el texto esté intrincado en continuas agresiones, desnudas, despojadas de toda conmiseración pero no de sintaxis: la claridad con la que llega al espectador no significa que el lenguaje esté fabricado con pocos elementos. Al contrario. Y aquí resulta proverbial la adaptación de Vicky Peña, que se enamoró de la obra y la protagonizó en un trabajo histórico del teatro español hace ya diez años. El verbo surca y se clava como un atizador en las cabezas del respetable. El profundo desprecio que los protagonistas sienten por el resto, pero sobre todo por sí mismos, es una cuestión de indumentaria barroca dicha, no masticada.

Ahora, la compañía de Gloria López, GL Producciones, recupera la adaptación de Peña en un montaje que me ha gustado mucho por varias razones añadidas a las ya expuestas. Ante todo, esta Reina de belleza de Leenane es un trabajo de actores en un sentido, precisamente, muy próximo al sentido del drama norteamericano del siglo XX. La interpretación es depurada en presencia pero repleta de registros en esencia, y los personajes aparecen construidos con una humanidad más próxima en lo musical al acorde que a la melodía: sus estímulos se completan en realidades enteras y complejas, no en cualidades lineales. El trabajo de Gloria López resulta descaradamente conmovedor y en ningún momento se percibe contradicción alguna entre la ternura de animal herido que exhala cuando aparece en ropa interior y entre la criminal fría que defiende su terreno: no hay revelación alguna porque ambas son perfectamente la misma. Maite Brik mueve su personaje también entre extremos con una naturalidad pasmosa, mientras que Chema del Barco firma una interpretación magistral en su recreación de la escritura de la carta. Juan Vinuesa aporta el realismo más sucio: su personaje no contiene contrarios, su rudeza es previsible y de alguna forma esto perjudica al texto, pero lo suple con una convicción certera y una construcción muy precisa.

Resulta de agradecer el naturalismo conferido al montaje gracias a la conservación de las pronunciaciones: ¿Por qué no puede una familia irlandesa tener acento andaluz? Incluso se produce una conexión algo perturbadora, que refuerza los alcances de violencia en el lenguaje a los que antes hacía mención. Por último, es obligado reseñar la aleccionadora distribución de los tiempos y el ritmo con el que se desarrolla la acción, en embudos activos y pasivos siempre en perfecta continuidad. El flujo se parecía, tristemente, al de la vida.

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