Defina 'enemigo'

Teatro Cánovas. Fecha: 23 de febrero. Producción: Centro Andaluz de Teatro. Dirección: José Luis Castro. Texto: Albert Camus. Versión: Juan García Larrondo. Reparto: Antonio Dechent, Juanma Lara, Esther Ortega, Luis Rallo, Celia Vioque, Luis Centeno, Lara Chaves, Nerea Cordero, Virginia Nölting, Miguel Zurita y Norberto Rizzo, entre otros. Música: Antonio Meliveo. Aforo: Unas 250 personas (función para estudiantes).

Seguro que recuerdan aquella serie de televisión de los 80 titulada V, en la que unos lagartos alienígenas que se hacían pasar por humanos invadían la Tierra y la sometían a su férreo régimen militar. Originalmente, el guión de la serie narraba el desarrollo y apogeo de un movimiento fascista totalitario en EEUU similar a los que habían prendido en Europa durante los años 30 (se trata, en el fondo, de una tentación estética a la que llegó a sucumbir Philip Roth con La conjura contra América), pero a la cadena responsable le pareció que aquello era demasiado crudo para un horario de máxima audiencia y la cosa se quedó en los reptiles. La representación simbólica del opresor es uno de los elementos más apasionantes en la historia de la cultura, por cuanto refleja en qué medida éste es asumido e interpretado. Y lo de V viene a cuento, que sí, porque creo que en este montaje de El estado de sitio se ha dado un proceso parecido, aunque seguramente por razones distintas.

La representación de El estado de sitio es, vaya por delante, un reto complejo. El texto de Camus (escrito en realidad a partir de diversas aportaciones de sus compañeros en L'Equipe) es una suma de muchas cosas entre las que necesariamente hay que elegir. Su apariencia se aproxima al panfleto, pero su esencia es un laberinto arduo de géneros, tradiciones y, lo más peliagudo, símbolos. A su vez, el más poderoso de todos éstos es la Peste, que llega a un Cádiz no tanto mítico sino precisamente simbólico, acompañado de su secretaria, la Muerte, para imponer su dominio con la inestimable ayuda de la Nada. Camus maneja así a su antojo, y quizá con ingenua soltura (aunque aquí reside parte del encanto de la obra), conceptos filosóficos de hondo calado. El tirano, la Peste, que pronto se erige como enemigo tanto del pueblo en un sentido social como del hombre en un sentido ontológico, presenta caracteres a menudo paradójicos entre lo apocalíptico y lo cómico, con la Muerte ejerciendo para él de funcionaria escrupulosa y pesada. Lo fácil es tomar como referencia la novela La Peste para aproximarnos a la naturaleza del personaje, pero creo más acertado atender más bien a otra obra teatral del autor, Calígula, en la que el emperador llega a proclamarse sustituto de la peste y que coincide con el dictador de El estado de sitio en la imposición de una tiranía basada en la lógica (en la novela, la epidemia adquiere un rango menos político y más cercano al existencialismo al ejercer de brazo opresor de un Dios capaz de asesinar a inocentes). Hay carta blanca, por tanto, para llamar al enemigo por su nombre.

Lo que no logro entender aún es la decisión por parte del Centro Andaluz de Teatro de convertir a la Peste y la Muerte en dos extraterrestres mutantes con superpoderes. Por más que Camus los hiciera venir con un cometa (en clara referencia al Anticristo), el empeño en acentuar en los tiranos sus facetas menos humanas (sus gestos, sus habilidades telepáticas, su vestuario, su maquillaje y hasta la risa ridícula de la Muerte) suscitaba ayer en un servidor la sensación de que estaba viendo más bien una adaptación de La guerra de los mundos de H. G. Wells. Y sí, se podría haber optado directamente por la ciencia-ficción con toda la legitimidad a favor. Pero hay una diferencia notable: H. G. Wells recurrió a los marcianos porque se refería a lo desconocido y no contaba con muchas más opciones para pintar un desastre previsible pero que aún estaba por ocurrir. Camus, claro, sabía de lo que hablaba. No obstante, que evitara poner de protagonista a Franco o a Hitler en favor de un icono universal no significa que éste carezca de humanidad. Muy al contrario. Acabamos de comprobar que la fuerza bruta lo tiene muy claro a la hora de identificar al enemigo, así que hay que darse prisa. Ya estamos en condiciones de aceptar que la peste no es tal sino el hombre que, como Calígula, se erige en ella. Así que la propuesta, que pretendía ser contemporánea, termina convertida en un anacronismo que tira por la borda buena parte de las intenciones políticas de la puesta en escena. De hecho, Juanma Lara impresiona mucho más en las proyecciones, en las que aparece sin maquillaje y sin su disfraz, que en su interpretación en carne y hueso, aunque de todas formas se echa de menos una construcción con más matices por su parte: no basta, o no debería, con poner pose de sheriff malo y elevar el tono de vez en cuando.

La versión refuerza los elementos del texto que guardan una mayor conexión con el presente, como la escena en que la Nada (tampoco Antonio Dechent se complica la vida precisamente) se lía a dictar las directrices económicas y laborales; sin embargo, sacrifica algunos pasajes que ahondan en una idea apenas esbozada en la función pero fundamental en la obra: la citada consagración de la lógica por parte de los tiranos como instrumento de gobierno. El resultado, salvo la música coral de Antonio Meliveo (hermosa en su función épica), es desdibujado, pobre de espíritu. Se conforma con poco. Y falla el tiro.

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