Demasiado monstruo para tan débiles personajes humanos

Acción-Aventuras, EEUU, 2014, 123 min. Dirección: Gareth Edwards. Guión: Max Borenstein, Dave Callaham, Frank Darabont. Fotografía: Seamus McGarvey. Música: Alexandre Desplat. Intérpretes: Ken Watanabe, Elizabeth Olsen, Bryan Cranston, Aaron Taylor-Johnson, Juliette Binoche, Victor Rasuk, Sally Hawkins, David Strathairn, Richard T. Jones, Al Sapienza, Brian Markinson. Cines: Málaga Nostrum, Vialia, Rosaleda, Plaza Mayor, La Verónica, Alfil, Miramar, La Cañada, Gran Marbella, Plaza del Mar, Rincón de la Victoria, Ronda, El Ingenio.

Dos años después de Vivir y el mismo que Los siete samuráis, en 1954, la productora Toho lanzaba el primer Godzilla. Era el momento oportuno porque en esos años los festivales de Cannes, Berlín y Venecia, a través de obras de Kurosawa, Mizoguchi, Ichikawa, Ozu o Kinugasa, descubrían a Occidente el hasta entonces totalmente desconocido cine japonés. Godzilla, y las muchas películas de monstruos japonesas protagonizadas por él o por otros colegas, se sumó en el plano popular y comercial a esa apertura al mundo del cine japonés. Demostrando que no todo eran películas exquisitas de maestros del cine, que también existían estas casi artesanales obras de cine popular que, gracias a otra oportuna coincidencia, encontraron un público que en la década de los 50 mostraba una acusada inclinación por todo tipo de bichos y monstruos, desde los prehistóricos (El monstruo de los tiempos remotos, 1953; Gorgo, 1961), a los mitológicos (Jasón y los Argonautas, Simbad y la princesa), los bichos mutados por las radiaciones atómicas o lo que sea (La humanidad en peligro y La mujer y el monstruo, ambas de 1954), los extraterrestres (La cosa, 1951; Vinieron del espacio, 1953) y los clásicos Frankenstein, Drácula y la momia resucitados por la Hammer a partir de 1957. Ese clima fue extraordinariamente favorable para la distribución internacional de las producciones japonesas de monstruos (inolvidable, entre ellas, Los hijos del volcán).

El éxito de Parque Jurásico y el auge de los efectos especiales devolvió los monstruos a las pantallas y en 1998 Roland Emmerich rodó un Godzilla que debería haberse ahorrado y, con ello, habérnoslo ahorrado a los demás. Ahora han tenido la buena idea de confiar una nueva versión americana al joven director Gareth Edwards. Una opción arriesgada, porque solo había rodado una película; a la vez que muy inteligente, porque esa película es la modesta, creativa e inteligente Monsters. Desgraciadamente la producción no tuvo tan buen tino con el extenso equipo de guionistas -cuatro señores más el argumentista- que dan una de cal y otra de arena. Por una parte la feliz idea de crear una especie de épica melancólica del monstruo, asumiendo que Godzilla es un icono de la cultura popular del siglo XX que tiene un origen trágico: la representación simbólica del desastre sufrido por Japón en 1945, solo nueve años antes de que la primera película de la serie se rodara; ligar los monstruos de esta película al pánico atómico es por ello un justo homenaje. También feliz la recuperación del puro estilo de la Toho, que nunca dejaba solos a sus monstruos y gustaba de enfrentarlos hasta haciéndose mañas, además de escupirse rayos y centellas; y Godzilla tiene en esta película estupendos teloneros. Y feliz, sobre todo, el subidón espectacular, dramático y hasta poético del último tramo de la película. Pero el torpe y errático desarrollo argumental con manidos ribetes melodramáticos (los humanos son lo peor de esta película), el manejo de los tiempos narrativos y el convencional diseño de los excesivos personajes -una película coral debe mimar cada personaje si no quiere embarrancar en el indiferenciado pelotón típico de los blockbusters- anclan el vuelo creativo a lo convencional.

Demasiado director para tan débil guión. Demasiado monstruo para tan débiles personajes humanos. Pero Gareth Edwards, exprimiendo su propio, innegable, talento, saca partido a lo mejor del guión creando un espectáculo visual tan hermoso y lleno de sugestiones que en parte compensa las zonas muertas o débiles de la película. La espectacularidad y los efectos son consustanciales a este tipo de cine. Pero en los grandes momentos de rara poesía desmedida y necesariamente monstruosa, los efectos especiales se ponen aquí al servicio de la creatividad poética; mientras que en los malos se convierte en la habitual cacharrería. La sensación es que Edwards, lastrado por el guión, manejando un reparto desequilibrado y abrumado por el tamaño de la producción, no ha logrado hacerse del todo con el control.

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