Demasiados bastones para un bípedo que se basta por sí solo

Posiblemente, la protagonista de La tortuga de Darwin es la creación más lograda de Juan Mayorga: este reptil evolucionado en mujer que ha asistido a los acontecimientos fundamentales de los últimos 200 años se presenta como un tótem tan absoluto como discreto, una figura irresistible que revela la fina línea que separa la ficción del rigor en el estudio y el conocimiento de la Historia. Las posibilidades que ofrece son infinitas, similares a las del Mesías retornado que Dostoievsky imaginó en el relato de El gran inquisidor, dentro de Los hermanos Karamazov: alguien que ha visto con sus propios ojos a Hitler conquistando a las masas, a Stalin enfadado por no entender los chistes de Trotsky y a Salvador Dalí en pleno arrebato surrealista está en condiciones de rasgar el velo e instaurar un nuevo paradigma. Más aún cuando su apariencia achaparrada y frágil la convierte en un ser sumamente vulnerable y frágil.

Claro que gran parte de la fortuna de esta tortuga se debe a Carmen Machi, soberbia en su recreación animalesca. Su catálogo de gestos (excepcional en el uso de las manos, especialmente a la hora de asir objetos) debería estudiarse en las escuelas de Arte Dramático, si bien su dicción, su posición y la manera en que sitúa al personaje con respecto a la escenografía y el resto de elementos humanos son igualmente dignos de la maestría. Su trabajo como actriz, digámoslo de una vez, sostiene por sí solo el peso del montaje. Todo, desde la iluminación (ésta sí, muy previsible) hasta la música (tampoco muy afortunada en algunos interludios), adquiere sentido teatral en la encarnación de Machi.

Ocurre, sin embargo, que precisamente es teatralidad lo que termina faltando a la propuesta, más allá de la construcción de la protagonista. Y es que Mayorga acaba entregando su magnífico punto de partida y la inolvidable tortuga a una suerte de apoyos destinados a la construcción de una historia que resultan del todo innecesarios, especialmente cuando el contenido principal de la obra, la Historia entendida como trampa y matadero, se confunde inútilmente entre tantas reflexiones vanas (y cometedoras del pecado del oportunismo) sobre la ambición y la condición humana vinculada a la maldad. ¿Para qué quiere ahondar en estos aspectos si ya ha subido a las tablas a Stalin y a Hitler, en pleno pacto? Recursos como el excesivo peso conferido al doctor y el interés que demuestra la esposa del profesor en explotar a la criatura, poco creíbles y muy forzados, casi acusan a Mayorga de haber cedido un material cargado de esencia teatral a las coyunturas ligeras del entretenimiento. ¿No merece el público que se confíe en su inteligencia?

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