Desmadrarse y 'desenmadrarse'

Comedia, Francia, 2013, 86 min. Dirección y guión: Guillaume Galliene. Fotografía: Glynn Speeckaert. Música: Marie-Jeanne Serero. Intérpretes: Guillaume Galliene, Françoise Fabian, Yves Jacques, André Marcon, Diane Kruger, Nanou Garcia, Yvon Back, Pierre Derenne, Catherine Salviat. Cines: Albéniz, Vialia.

Gran triunfadora en los premios Cesar del cine francés y galardonada también en la Quincena de los Realizadores de la pasada edición del Festival de Cannes, la primera película de Guillaume Galliene adapta (y expande) su propia y exitosa obra teatral de raíz autobiográfica para reivindicarlo como gran comediante transformista y proponer una particular salida del armario a partir de la inversión de ciertos tópicos sobre la identidad sexual.

Nuestro Guillaume, un joven de clase acomodada afeminado y de aspecto caricaturesco (pelo rizado, ropa excéntrica), desfila entre cuadros coloridos y grotescos intentando resolver su Edipo a través de diálogos y apartes con una madre fantasmal (interpretada también por el propio Galliene) para guiarnos por su particular educación sentimental entre viajes a una España de sevillanas y pandereta y a otros episodios trascendentales como el paso por un colegio interno en Inglaterra o el servicio militar. La propuesta de Guillaume Galliene se quiere tan reivindicativa de la diferencia y la ambigüedad como luminosa y lubricada en sus afectadas formas del exceso, por más que, en algunos momentos, entre guiños que se quieren clásicos y almodovarianos, se acomoden algunas logradas secuencias de montaje como la que hilvana una canción de Supertramp con la primera gran decepción homosexual al borde de una piscina.

Es, sin embargo, esta Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! una película que no se atreve a adentrarse en terrenos de mayor riesgo en el diálogo entre el teatro y el cine (pensar en Resnais, Rohmer o Rivette puede llevar a la depresión), reducido aquí a unas cada vez más previsibles entradas y salidas del escenario para visualizar fantasías o moverse en nuevos espacios. Queda, eso sí, la sensación de que la obra teatral de origen tal vez arriesgaba mucho más en su despojamiento y en la confrontación del actor y sus máscaras con la identidad construida por la mirada de los demás y no por uno mismo.

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