Crítica de Cine

Disparen al guionista

Raúl Arévalo y Antonio Dechent, en una escena de 'El aviso'. Raúl Arévalo y Antonio Dechent, en una escena de 'El aviso'.

Raúl Arévalo y Antonio Dechent, en una escena de 'El aviso'.

Poco queda ya de aquel Calparsoro que irrumpiera a finales de los noventa como agitado renovador de formas y observador de los márgenes urbanos bajo la etiqueta del nuevo cine vasco con títulos como Salto al vacío, Pasajes o A ciegas.

Él fue uno de los primeros directores en dar otro salto y no precisamente al vacío, sino al cine de género como nueva tabla de salvación para sortear las olas de la crisis y garantizarse la continuidad en una industria en busca de soluciones de importación y formato estándar. Guerreros, Ausentes, Invasor, Combustión o la más reciente Cien años de perdón confirmaban una perfecta invisibilización del cineasta al servicio de guiones ajenos, moldes de género, pasarela de nuevos rostros y estéticas de prestado, algo que El aviso no hace sino prolongar en su esquema de rocambolesco thriller criminal en el que las casualidades, las matemáticas, la fatalidad y la locura no terminan de casar nunca en busca de unas poco brillantes soluciones formales.

El delirante guion de Sparling, Guerricaechevarría y Amezcua sobre la novela pulp de Paul Pen camina siempre por la cuerda floja de lo inverosímil, lo sobredimensionado y lo artificial, dando pespuntes sin hilo a varios tiempos y sus respectivos crímenes en una misma fecha y un mismo lugar, para poner la mente esquizoide de Raúl Arévalo al servicio de un enredo del que sólo se puede escapar con trampa y redoble de tambor.

Tal vez únicamente pendiente de cómo resolver la telegrafiada mascletá final en la gasolinera, Calparsoro se desinteresa de la puesta en escena, mueve su cámara arbitrariamente, deja hacer a unos intérpretes muy poco convencidos y aún menos convincentes, para reservar fuerzas para una set piece que apenas queda en una tercera división de imitadores de De Palma.

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