Encontrar una flor hermosa en el desierto

Si permiten una confesión a este crítico, les diré que cuando se acercan las cuatro de la tarde, la hora a la que se proyectan las sesiones para la prensa en ZonaZine, un pellizco me sacude el estómago. Un reflejo pavloviano provocado por el visionado diario de películas que no recomendaría ni a mi peor enemigo. No saben cómo envidio la capacidad de Antonio Sempere -El Testigo- de mostrarse siempre sonriente, siempre con buen ánimo. Tal vez sea porque en lugar de leche y azúcar, por mis venas corran hiel y bilis.

Pero ayer, a la hora fatídica, mientras me agarraba la tripa con una mano y me santiguaba con la otra, me encontré en la pantalla con la mirada de almendra de Sanaa Alaoui, y sentí cómo mi aflicción desaparecía. Suspiré, me relajé y dediqué toda mi atención a Un novio para Yasmina. Y bien que se lo merecía.

La película de Irene Cardona es una comedia, y tiene gracia. Es una historia de amor, y transmite verdad. Es una película de contenido social, y no es un panfleto. Y es todo eso porque el reparto está soberbio, porque el guión está bien construido, porque es honrada, y porque no trata al espectador cómo un imbécil.

¿Más virtudes? Los personajes hacen cosas que los definen, no explican cómo son. Una regla bien sencilla que delimita el medio: porque hablamos de cine. Todo está sugerido, sin estridencias, sin sacar los pies del tiesto, con tacto, con habilidad. Cardona dirige a sus actores con mimo, y eso se nota.

Un novio para Yasmina es una flor en el desierto. Merece que la contemplemos durante el tiempo que haga falta, porque cuando continuemos nuestra marcha echaremos de menos su fragancia.

Hoy, cuando me siente en mi butaca, si me vuelven a asaltar mis temores, cerraré los ojos y recordaré el rostro de Sanaa Alaoui para disiparlos. Ah, pero si es que en realidad soy un romántico.

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