Ensoñación y botánica

¿Por qué Contra Sainte-Beuve? Porque Sainte-Beuve, el crítico, el amigo, el tibio defensor de Baudelaire, define la crítica como una botánica moral, como una herborización de virtudes y de máculas personales que se traslucen, inevitablemente, en la obra. Digamos que Sainte-Beuve es, en cuanto a su labor crítica, hijo del positivismo y nieto de Linneo. Sin embargo, en Proust aparece ya el hombre, el individuo, el ser social, escindido por completo de su literatura. Para Proust, el hombre y el artista son dos criaturas, extrañas y aun opuestas la una a la otra, que habitan un mismo cuerpo y no guardan relación entre sí. Ésa es, en buena medida, la postura de Machado y de Pessoa cuando se duplican en sus heterónimos. No obstante, Proust ha ido más allá. O para ser precisos, a un más acá del hombre que coincide, sumariamente, con su memoria.

Parte de los textos aquí recogidos son los esbozos narrativos de Proust, previos a la escritura de su En busca del tiempo perdido. Y es en esta obra, como se recordará, donde Proust lleva a la práctica su particular concepto de arte, expuesto en los artículos dedicados a Sainte-Beuve. Un arte que consiste en una exasperación de lo memorístico, de los particulares mecanismos del recuerdo, y cuya textura, si se puede decir así, es la textura de la bruma. Al cabo, Proust, como Sainte-Beuve, no es capaz de ver que la obra artística es el residuo humano de un carácter, de unas pasiones, de una ideología, de unos sueños, filtrados por una potencia autónoma -por una técnica particular- cual es el arte. De ahí que Proust, huyendo del determinismo de Sainte-Beuve, y lastrado aún por la figura romántica del médium, entienda el arte como una ínsula inaccesible, opaca al hombre diurno, a la que sólo se llega a través de la evocación. Pero de una muy particular evocación, que Freud ha llamado, ocho años antes, la libre asociación de recuerdos. A través de esta evocación inesperada -la magdalena- el artista accederá a un estadio superior, a una realidad irisada, donde habita una verdad vaga y parpadeante.

Fue en esa cálida tiniebla donde el hombre Proust quizá se guareciera de la hostilidad, de la prosapia, de la fragante inanidad del mundo.

Contra Sainte-Beuve

Marcel Proust. Trad. Silvia Acierno y Julio Baquero. Alianza. Madrid, 2016. 328 páginas. 12,20 euros

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