Crítica de Cine

La España que viene

Maribel Verdú, en una escena de la nueva película de Santiago Segura. Maribel Verdú, en una escena de la nueva película de Santiago Segura.

Maribel Verdú, en una escena de la nueva película de Santiago Segura.

Le pido permiso al amigo Alberto Leal, que ha visto y sabe más de cine español que algunos catedráticos, para reproducir aquí sus lúcidas reflexiones, que sin duda comparto (cómo no hacerlo), sobre esta Sin rodeos con la que Santiago Segura regresa a la cartelera desprendiéndose (en realidad no tanto) del personaje de Torrente que le diera gloria casposa, popularidad y dividendos (también a la industria) a lo largo de las últimas dos décadas, para reivindicar (sic) ahora el "empoderamiento femenino" con una historia de redención y liberación buenrollista traída a su terreno desde el original chileno de Nicolás López.

Dice Alberto: "Sin rodeos no es más (ni menos) que una actualización (tan inteligente como retrógrada) de su humor machirulo bajo el paraguas de la sufrida condición femenina que le permite renovar su repertorio de gracietas sexistas y rijosas". Véase, añado yo, cómo la caricaturización extrema de todos los personajes masculinos no busca otra cosa que limpiarle el terreno a su protagonista y la coartada perfecta para poner en su boca las barbaridades más incorrectas para el codazo cómplice de la platea.

"Incluso en Torrente -prosigue Alberto- el universo sociopolítico desplegado entorno al personaje se veía impugnado por su cutrez y asquerosidad, sin embargo en Sin rodeos ya no hay filtro repulsivo que nos impida empatizar con unos personajes cuya simpleza intelectual e inmadurez emocional -de nuevo extraídos de la crónica televisiva y el estercolero digital- le permiten apuntalar el actual (y desastroso) estado de las cosas. O sea, que si Segura consigue extender su humor más allá de las fronteras del cuñadismo es que España está preparada para votar masivamente a Ciudadanos, la opción política que mejor representa la lógica de su personaje protagonista, que lejos de emanciparse de la carga masculina, como sí podía inferirse del final de Abracadabra, se limita a hacer un break hedonista para regresar a una vida, las llamadas perdidas del móvil lo sugieren, desde la que ahora sí dar ejemplo haciendo huelgas a la japonesa".

Si a estas sabias y certeras palabras le añadimos de triste cosecha propia que Sin rodeos no esboza ni una mísera idea cinematográfica que llevarse a los ojos y que todos y cada uno de sus actores, freaks y famosetes mediante, interpretan en su peor registro, tienen servida esta crítica cuyos méritos serán todos de prestado. Le debo a Alberto unas cervezas.

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