Experimentos con la verdad

  • La nueva e irregular entrega de Paul Auster vuelve a los terrenos de la autobiografía para trazar un retrato a ratos conmovedor de su niñez, adolescencia y primera juventud

Dicen los editores que este Informe del interior es el complemento perfecto del reciente Diario de invierno, la entrega anterior de Paul Auster que Anagrama publicó, como ahora, el mismo año de la edición original neoyorquina, pero ambos títulos no guardan más relación que el estar directamente inspirados en episodios de su biografía y en ese sentido el Informe podría relacionarse de igual modo con obras como La invención de la soledad (1982), El cuaderno rojo (1993), A salto de mata (1997) o Experimentos con la verdad (2001), todas autobiográficas y centradas en distintas épocas de su itinerario como escritor -véase también Viajes por el Scriptorium (2006)- o como hombre, casi siempre retratado, salvo en el mencionado Diario, hacia los comienzos de su itinerario creativo. Informe del interior se remonta más atrás todavía, hasta la infancia y adolescencia de un narrador que mostró desde niño un interés desusado por la literatura pero tardó en encontrar, luego de haber probado con la poesía y tras escribir, como él mismo ha contado, La invención de la soledad, un camino propio.

Sí muestra el Informe un rasgo de continuidad con Diario de invierno en lo que se refiere al tono del narrador, confidencial y levemente melancólico, o al uso de la segunda persona en una suerte de monólogo enhebrado a partir de flashes sucesivos. "¿Quién eras, hombrecillo? ¿Cómo te convertiste en persona capaz de pensar, y si podías pensar, adónde te llevaban tus pensamientos? Desentierra las viejas historias, escarba por ahí, a ver qué encuentras, luego pon los fragmentos a la luz y échales un vistazo", leemos en las primeras páginas, donde queda claro el propósito de Auster de reproducir lo que ha quedado de su niñez o del modo como la percibía el niño: "tus pensamientos más tempranos, restos de cómo vivías de pequeño en tu interior". Pero el Informe que da título al volumen es sólo la primera de las cuatro secciones que contiene, aunque todas ellas estén relacionadas. La segunda, Dos golpes en la cabeza, está formada por sendos textos que recogen la impresión que produjeron en el preadolescente dos películas cuya trama es recorrida al detalle: El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957) y Soy un fugitivo (Mervyn LeRoy, 1932). La tercera, La cápsula del tiempo, recrea la primera juventud de Auster, cuando estudió en Columbia y más tarde en París, así como el noviazgo con la que sería su primera mujer, la también escritora Lydia Davis, a partir de las cartas que escribió a esta última. La cuarta, Álbum, no es más que una colección de fotografías, dibujos, anuncios o fotogramas que ilustran algunas frases escogidas de las tres partes anteriores.

La sección segunda, que es apenas un cumplido resumen, eso sí, muy bien hecho, de los dos citados filmes, y el Álbum, que tampoco aporta demasiado en la era de internet, no tienen demasiado interés y podrían -o tal vez deberían- haber quedado fuera. El Informe, sin embargo, y en menor medida La cápsula del tiempo, sí ofrecen información valiosa sobre la vida de Auster en unos periodos que hasta ahora sólo había tratado de pasada. Cuenta el autor que esta tercera parte nació de una llamada de su antigua esposa, que le dijo que iba a donar a una biblioteca, entre otros papeles, un centenar de cartas que había recibido de él en varios momentos de su convivencia. Auster se centra en el periodo 1966-1969, cuando tenía entre diecinueve y veintidós años y era, observado desde el presente en que redacta estas líneas, un extraño en el que ya apenas se reconoce, un "confuso hombre-niño" que le escribía a su novia desde un hostal de Newark, desde un hotel de París, desde un apartamento de Manhattan, desde la casa de su madre en Morris County. Son cartas de amor escritas en los momentos en los que ambos estaban separados, pero a Auster no le interesa evocar remotas turbulencias, sino extraer de esas letras recuperadas datos que le permitan reconstruir lo que aquel joven un tanto desnortado pensaba del mundo y de su propio futuro.

Este periodo ya fue parcialmente tratado en A salto de mata, pero en La cápsula del tiempo se aborda, por así decirlo, desde dentro, manteniendo esa segunda persona -no en la transcripción de los pasajes de las cartas- que aporta mayor cercanía y revela que Auster contempla al muchacho que fue con esa "piedad natural" de la que habló Wordsworth. "El niño es padre del hombre", afirmaba el poeta lakista en los mismos versos, y Auster vuelve al niño en la primera sección, Informe del interior, que es a nuestro juicio lo mejor de un libro ciertamente irregular al que perjudica la heterogeneidad de las partes. Las vivencias infantiles de Auster -entre los seis y los doce años- no tienen nada de particular, fuera de su atracción por los libros: padres no muy bien avenidos, ídolos del béisbol, concursos de baile, estancias en un campamento, etcétera. Tampoco las primeras lecturas se salen de lo común: Poe, Doyle, Stevenson, novelas populares, el Zhivago de Pasternak o los cuentos de O. Henry. Pero hay varios pasajes que justifican el empeño, referidos al culto de Edison con el que el niño Auster compartió barbero, al descubrimiento de la identidad judía -aunque ni él ni sus padres eran practicantes- reforzada por los brotes antisemitas, a la fascinación por los indios o, sobre todo, al aprendizaje de la soledad -y de la imaginación como antídoto frente al aburrimiento-, la temprana sensibilidad frente a la injusticia o el nacimiento de la conciencia, "cuando la voz interior se despierta y surge la capacidad de discurrir", que es el verdadero tema del libro.

Siempre que hablamos de los temas predilectos de Auster citamos entre ellos el azar, la incomunicación o la identidad, pero tanto o más importante es la idea de que todo sucede en la mente, de que la vida interior -the inner life, como en el título de su pretencioso y fallido último filme- es la única verdadera, de que uno puede cambiar la realidad sin salirse del ámbito potencialmente infinito de la conciencia. Esta idea aparece de nuevo en varios lugares del Informe, pero también al final del comentario a El increíble hombre menguante, cuando Auster especula sobre lo que le ocurrirá al protagonista una vez que se haya visto reducido al "tamaño de una partícula subatómica, deviniendo una mónada de pura conciencia" y concluye que "en la medida en que siga vivo, no podrá reducirse a la nada". Somos la conciencia y el cuerpo es aleatorio, lo que vemos o sentimos toma forma a través del pensamiento y por eso podemos imaginar otros mundos, en rigor inexistentes pero no menos reales.

Paul Auster. Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama. Barcelona, 2013. 336 páginas. 18,90 euros

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