Fallece el actor Tony Curtis

  • El intérprete estadounidense muere a los 85 años de edad víctima de un paro cardíaco

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Tony Curtis, uno de los grandes de la época dorada de Hollywood, falleció hoy a los 85 años víctima de un paro cardíaco, según confirmaron fuentes forenses a la prensa especializada.

Curtis murió en la madrugada del jueves en Las Vegas (Nevada), donde tenía su residencia. Desde mediados de julio se encontraba muy delicado de salud. En esas fechas fue hospitalizado durante varios días en un hospital de esta ciudad debido a problemas respiratorios.

La oficina del Forense del Condado de Clark, en Nevada, confirmó hoy que la causa de la muerte ha sido un fallo cardíaco. De momento se desconocen los detalles sobre el funeral.

El actor padecía una enfermedad pulmonar crónica desde 2006, cuando contrajo una neumonía que estuvo a punto de costarle la vida en diciembre de ese año y que incluso lo tuvo en coma durante varios días. Fue su hija Jamie Lee-Curtis, también actriz, quien anunció hoy la muerte de su padre.

Con más de cincuenta años de carrera y un centenar de películas como protagonista, Curtis, cuyo verdadero nombre era Bernard Schwartz, nació el 3 de junio de 1925, en Nueva York, en una familia de origen judío. Estudió interpretación en la Academia de Arte Dramático de su ciudad natal y en 1949 debutó en Hollywood con un papel de secundario en El abrazo de la muerte.

Su popularidad en el cine comenzó dos años más tarde con Su alteza, el ladrón, y protagonizó después títulos como Atraco sin huellas, Trapecio, Fugitivos y Espartaco.

Curtis contrajo matrimonio en seis ocasiones, la primera de ellas en 1951 con la actriz Janet Leigh, madre de sus hijas Jamie Lee y Kelly Curtis, también actrices. En la actualidad estaba casado con la modelo Jill Vandenberg, 45 años menor que él.

El cine dice adiós al gángster, al amante, al cómico y al mujeriego que aseguró que más de mil mujeres se habían rendido a sus encantos, incluida la diva Marilyn Monroe. Rozar sus labios fue "como besar a Hitler", bromeó al final de su papel de músico disfrazado de mujer y a la fuga que la sedujo en Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959) .

A sus 85 años, murió por una enfermedad que le acompañó durante sus últimos meses y que acabó por robarle la vida. Pero él prefería explicarlo de otra manera: "He estado enfermo durante la mayor parte de mi vida, en mi cabeza".

Su carrera terminó sin Oscar. Siempre lo quiso, pero sus tiempos dorados como galán de Hollywood se desvanecieron y pasó a ser el actor de filmes poco aclamados, como Lobster Man from Mars (1989). Pero, como lo hacía cuando era un niño pobre que se escapaba al cine para olvidar los golpes que su madre esquizofrénica le propinaba, a mitad de su carrera, volvió a encontrar en el cine su bote salvavidas.

Entonces actuar era una distracción para alejarse de su adicción a la heroína y su dolor por la muerte de su hijo mayor, que falleció a los 23 años por una sobredosis de drogas. De pequeño, la butaca y la oscuridad de la sala de cine fueron el refugio de un niño que quería olvidar lo que había fuera. Allí era el espectador de historias inolvidables, pero al encenderse las luces volvía a ser el hijo de un sastre inmigrante húngaro que nunca trajo suficiente comida a la mesa.

Junto a su hermano Julius, Curtis terminó en un orfanato, lo que convirtió a la pareja en un dúo inseparable que volvió al hogar familiar semanas más tarde. Pero la tragedia se volcó sobre él y un fatal atropello acabó con la vida de Julius cuando Curtis tenía 12 años. Le tocó identificar al cadáver. La traumática experiencia dejó el guión de la vida del actor escrito: sólo se tenía a sí mismo.

El resto lo dictaron actores como Cary Grant, su ídolo y después amigo, interpretando Destino Tokio, una película sobre un submarino espía que inspiró al joven Curtis. Era 1943, el momento de entrar en la Armada. Además de experiencias a bordo, los viajes marítimos le dieron la oportunidad de subir al primer escenario de su vida con el uniforme de la Armada puesto en una escuela de Illinois.

Pero en 1945 fue descubierto por una agencia de cazatalentos que le hizo sus maletas a Hollywood y con 23 años ya tenía un contrato con Universal Pictures. "Esto es porque era el más guapo de los chicos", le gustaba recordar ya en su silla de ruedas. Sus ojos azul verdoso y el tupé negro que él puso de moda y hasta Elvis Presley copió, enamoraron al público estadounidense.

El debut cinematográfico de segundos bailando con Yvonne de Carlo en El abrazo de la muerte fue el comienzo de su ascenso, que vino marcado por otros éxitos como Chantaje en Broadway (1957), con Burt Lancaster, Operación Pacífico (1959) o Espartaco (1961). Pasaba de la comedia al drama con una facilidad que asombraba al público y se convirtió en uno de los actores más versátiles de su tiempo, que no se dejaba encasillar en ningún género.

Pero Hollywood falló en no darle un Óscar, objetaba él, aunque fue nominado a uno como mejor actor con Los fugitivos (1958). Cuando abandonó el sueño de la estatuilla dorada, se entregó a su verdadera pasión, la pintura, y a apoyar a su última esposa, Jill, 46 años menor que él, en un proyecto para rescatar a caballos de los mataderos y los maltratos.

En sus últimas entrevistas, expresaba la distancia con el mundo del cine que él conoció: "Ahora están todos muertos. Cary, Jack Lemmon, Sinatra, todos mis amigos de Hollywood. A veces, me siento muy solo".

El actor estadounidense visitó España hace ahora diez años para recibir el premio honorífico La General por su carrera cinematográfica en el Festival Internacional de Sitges. "El cine me sigue gustando, porque es mi vida. Estoy hecho de celuloide", afirmó en aquella ocasión.

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