Festival internacional, regusto local

  • La pasada edición del certamen teatral, recién clausurada, presenta un balance que se inclina favorablemente a la escena malagueña, cuyas aportaciones han demostrado menos complejos, más ambición y mejor calidad

La vigésimo novena edición del Festival Internacional de Teatro de Málaga, que se clausuró el pasado fin de semana y que arrancó el 13 de enero, ha sido, paradójicamente, una de las menos internacionales en la historia del certamen. Estrictamente, sólo la producción argentina El viento en un violín y el espectáculo circense Balagan (ambos representados en el Teatro Cervantes) se han ajustado por méritos propios a la etiqueta. En el otro lado de la balanza también se ha dado una circunstancia no precisamente común: tres de los cuatro estrenos absolutos programados han correspondido a compañías malagueñas (El suicidio del ángel de Mu Teatro, Crack! La rebelión de las lágrimas de Lamordiente Teatroy El collar de la paloma de Irene Aivar, todos representados en el Teatro Echegaray, así como el cuarto estreno en cuestión, Sueña Casanova, del valenciano Chema Cardeña). Entre ambas orillas, el certamen ha dejado verdaderos momentos para el recuerdo, como la presencia de Fernando Arrabal (incendiario en su rueda de prensa, memorable en su conferencia y entrañable en su subida al escenario del Cervantes tras la representación de El jardín de las delicias), la cuota shakespeariana compartida por el Macbeth de Ur Teatro y las Mujeres de Shakespeare de El Brujo y el feliz hallazgo de un montaje como André y Dorine de la compañía vasca Kalanka Teatro (posiblemente la propuesta que más se ajusta a una filosofía de festival y que mejor justifica la existencia del ciclo malagueño) en el Echegaray. Sin embargo, con todos estos ingredientes, el balance tiende a inclinarse a una evidencia: la de que el teatro malagueño se mueve, cada vez con menos complejos y más ambición, y que ya lo hace también en el marco (tachado de exclusivo hasta hace bien poco) del primer festival de su ciudad.

A ello ha contribuido de manera decisiva la segunda edición del ciclo de lecturas escénicas A telón cerrado, que en esta ocasión ha servido al público (de nuevo con gran éxito en el Teatro Echegaray) textos inéditos y no representados de tres autores tan significativos como Mercedes León, Angélica Gómez y Ery Nízar, a través de puestas en escena dirigidas por José Antonio Triguero y Maite Serrano que han contado con luminarias como Tony Zenet, María Barranco, Rafatal, Virginia Nölting, Noelia Galdeano, Caramala, Sergio Rubio y Antonio Meliveo. En lo que a representaciones se refiere, cabe recordar el despliegue de Trasto Teatro y su No amanece en Génova en el vestíbulo del Teatro Cervantes como un espectáculo altamente competitivo y digno de verse en cualquier gran escenario, muy a pesar de su naturaleza clandestina heredada de su amplia trayectoria en espacios domésticos. Cabe celebrar igualmente la confirmación de la directora Eun Kang como una creadora hábil, de óptica personalísima y valiente orientación estética, al frente de Mu Teatro, compañía de poderosa adscripción poética. Y también Lamordiente dejó muy buenas sensaciones con su Crack!. Queda por confirmar en qué medida la oportunidad de estrenar en el Festival de Málaga facilitará la muy complicada pero necesaria promoción de estos trabajos hasta aterrizar en temporadas estables. Al menos, en lo que cabe a creación artística, el panorama sí es alentador.

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