"En Francia me pilló la 'nouvelle vague' y todo aquel tostón horrible"

  • Afable y próximo, el compositor de 'Qué vamos a hacer' ejerció ayer de maestro de ceremonias en el Rectorado para 'La reina de África' de John Huston, otro clásico

Regresó ayer a Málaga con prisas. "He llegado esta tarde y me voy mañana por la mañana temprano". Quería pasar por la librería Luces y comprar la última novela de David Trueba, Saber perder, para leer en el tren de vuelta, pero dudaba de que le diera tiempo. Sí sacó unos minutos para charlar sobre cine y política, un verdadero gozo al que sólo le faltó un vino viejo.

-¿Por qué La reina de África?

-La verdad es que no lo sé. Luis Alegre, que organiza esto, me invitó a que presentara una película que contara un viaje e inmediatamente se me vino a la cabeza La reina de África. Quizá si hubiera reflexionado un poco habría escogida otra, alguna española, como Carreteras secundarias. Lo cierto es que la de Huston siempre me ha gustado mucho. Hace poco vi en internet que un crítico la calificó como road movie y eso me tranquilizó.

-¿Qué mantiene tan fresca la película casi 60 años después?

-Todo lo que encierra es maravilloso, el trasfondo de la Primera Guerra Mundial, el reparto... Pero imagino que lo que más engancha es la relación entre los personajes que interpretan Katherine Hepburn y Humphrey Bogart. Ella aparece como una virginal muchacha hermana de un pastor y él como un borracho muy golfo, un desastre de tío. Te pasas toda la película esperando que aquello estalle por algún lado.

-Además de todo lo que rodeó al accidentado rodaje.

-Sí, hubo mucho de humorístico y dramático. Para presentar la película parto con algo de ventaja, ya que leí las memorias de Katherine Hepburn y allí cuenta muchos detalles. Por ejemplo, que los únicos de todo el equipo que no contrajeron la malaria fueron Bogart y Huston: se salvaron porque no bebieron agua ni una sola vez.

-¿Ve más películas ahora que ya no es congresista?

-No te creas, no tengo tiempo para nada. Cuando terminé en el Congreso pensé que por fin podría dedicarme a hacer lo que me apeteciera, en plan jubilado, y que podría ir mucho al cine, pero no paran de llamarme de todas partes. Pero bueno, sí que voy al cine más que antes. Hace poco vi una película sobre inmigrantes turcos, Al otro lado, que me gustó mucho.

-Usted, que hace de todo, ¿no echa de menos hacer cine?

-Algo de cine sí que hice, tuve un papel en Requiem por un campesino español, en la que interpretaba al alguacil del pueblo. Por supuesto que me habría encantado dedicarme más ello, pero para eso había que irse a Madrid o Barcelona y yo me quedé en Zaragoza. Televisión sí que he hecho, claro, muchísima. Lo más cinematográfico fue Del Miño al Bidasoa. Pero vaya, mi relación con el cine ha sido la de cualquier ciudadano. Eso sí, en Francia, cuando trabajé allí de profesor, me pilló la nouvelle vague y tuve que ver Hiroshima mon amour, El año pasado en Marienbad y aquellos tostones horribles.

-Su novela En el remolino se presta a una adaptación cinematográfica, ¿nunca se le ocurrió proponerle un guión a Rafael Azcona?

-No, qué va. Soy un desastre para las relaciones públicas. De hecho me ha costado mucho recuperar esa novela treinta años después de escribirla, así que imagínate para proponerle a alguien un guión.

-¿En qué anda metido ahora?

-Estoy escribiendo un libro que se llama Memorias de un beduino en el Congreso; lo del beduino es porque soy de una de las zonas más secas de España, Los Monegros. Mi abuela era de La Almolda, donde van a colocar ahora la gran urbe dedicada al juego que quieren construir, allí justo encima de la tumba de mi abuela. El libro estará dividido en dos partes, una que narra los primeros años, en la primera legislatura, en la que no sabía nada de cómo funcionaba aquello; y otra, a partir de la segunda legislatura, en la que ya no soy un beduino sino un ciudadano más capacitado. Ten en cuenta que mi primera legislatura fue la última de Aznar, y aquello era como un muro en el que te dabas de cabezazos en vano. Además, ocurrieron cosas horribles como lo del Prestige, el Yak-42 y el trasvase del Ebro, intentábamos meter la cabeza pero era imposible. En la segunda legislatura hubo algunas mejorías: por ejemplo, en la primera me asignaron un chófer que tenía un ojo de cristal. Cuando me lo dijo pensé que cualquier día nos dábamos un morrazo, pero en la segunda legislatura me pusieron a un profesional. Eso sí, las comisiones de petición, por ejemplo, no han servido nunca absolutamente para nada.

-La sensación de perder el tiempo debe ser allí muy frustrante.

-Sí. Te contaré una cosa: en el Congreso hay comisiones legislativas y comisiones no legislativas. Yo me enganché a las no legislativas porque en mi tierra, el político más famoso que hubo, que fue Joaquín Costa, tiene un epitafio que reza: "No legisló". Y pensé que si él no legislaba y terminó así, si a mí me ponían a legislar me iban a dar por todos lados.

-¿Le han pedido consejo los nuevos congresistas?

-Sólo he podido saludar a algunos. No creo, de todas formas, que Rosa Díez me pida consejo, aunque parece que se alegró de ocupar mi despacho. Total, van a quitar al Grupo Mixto de allí...

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