Cuando Franco ambicionó una Virgen de Murillo

Encuentro de Francisco Franco con el mariscal Philippe Pétain, en febrero de 1941. Encuentro de Francisco Franco con el mariscal Philippe Pétain, en febrero de 1941.

Encuentro de Francisco Franco con el mariscal Philippe Pétain, en febrero de 1941. / m. h.

En el otoño de 1940, la célebre Gioconda de Leonardo da Vinci y la Inmaculada de los Venerables de Murillo cuelgan en la planta baja del Museo Ingres de Montauban, población próxima a Toulouse. Allí están reunidos los tesoros del Louvre, alejados de los posibles bombardeos alemanes sobre París. Tras depositar un ramo de flores en el monumento a los Caídos, el jefe de Estado, el mariscal Philippe Pétain, entra en la pinacoteca, mira a un lado y otro y se detiene ante la obra de Murillo. Sorprendido por los ángeles que rodean a la figura de María, exclama a modo de despedida: "¡Tantos niños para una Virgen!". Días después, el lienzo saldrá definitivamente de Francia.

Esta Inmaculada de Murillo -la más célebre, sin duda, de las dos docenas de cuadros que el pintor dedicó a esta advocación mariana- será la primera obra que Franco recuperó en un intercambio artístico con el régimen de Vichy. A la pintura sevillana le siguieron en los meses siguientes La Dama de Elche, las coronas visigodas del tesoro de Guarrazar y más de 50.000 documentos del Archivo de Simancas. "Merced al celo de nuestro Caudillo, propulsor máximo de la cultura patria, España ha visto acrecentado su acervo artístico con la devolución de estos tesoros que manos mercenarias o desaprensivas nos arrebataran", proclama la propaganda franquista.

A estos obsequios, el régimen de Franco correspondió con la entrega de un tapiz de Goya (La riña) y dos cuadros -el retrato de Antonio de Covarrubias, de El Greco, y el de Mariana de Austria, de Velázquez-, de los que existen diversas copias en los museos españoles. Este acuerdo tan favorable a los intereses españoles fue fruto de un contexto internacional muy concreto y un complejo juego político en el que estuvo sobre la mesa, incluso, el fin de la neutralidad de España en la Segunda Guerra Mundial, tal como desvelan Cédric Gruat y Lucía Martínez en el libro El retorno de la Dama de Elche (Alianza), publicado en Francia bajo el título L'echange (El intercambio).

El acuerdo entre Franco y Pétain -firmado el 27 de junio de 1941- fue presentado inicialmente como una manifestación de la amistad franco-española. Sin embargo, este intercambio despertó los rencores y las tensiones existentes entre los dos países vecinos, sostienen Gruat y Martínez. Sin ir más lejos, el Louvre no retomaría sus relaciones institucionales con España hasta 1965 por sentirse de algún modo "burlado" en la permuta de piezas artísticas. "Yo mismo fui testigo de la manera en la que los enviados españoles se precipitaron sobre nuestra colección ibérica como buitres sobre una presa", escribió ya en 1959 el conservador del museo galo, André Parrot.

Si para Pétain y el régimen de Vichy el acuerdo debía conducir a España a la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial, para la dictadura de Franco el propósito fue puramente propagandístico. De un lado, presentaba al dictador como un fino y audaz diplomático capaz de arrebatar a los franceses obras de incalculable valor histórico y artístico. Por otro, recuperaba piezas fundamentales para forjar la identidad patriótica del momento. Todas venían a sumarse al relato de una España pura y adánica de pasado glorioso y cuyo destino estaba intrínsecamente ligado al devenir del cristianismo.

El retorno del lienzo de Murillo -un encargo del canónigo Justino de Neve posiblemente para su oratorio privado y que colgará en la iglesia del Hospital de los Venerables de Sevilla por lo menos desde 1701- se presentó como una victoria, una suerte de revancha tras su robo por parte del mariscal Soult en la Guerra de la Independencia (1813). "Es la imagen más perfecta de la patrona de España", argumentan los enviados culturales del franquismo. Por el contrario, en Francia se justificó que la fama de Murillo había decaído considerablemente y que el gusto francés también había cambiado. Se trataba, en fin, de "una pintura decadente".

En su voluntad propagandística para los intereses españoles, el cuadro de Murillo se adelantó al resto de obras, que retornarían meses más tarde, ya en 1941. Su llegada, además, se hizo coincidir con la festividad de la Inmaculada. "Ya está en Madrid el famoso cuadro de Murillo (...) Más de un siglo ha permanecido en Francia el maravilloso lienzo", informó, con tono triunfalista, la prensa madrileña el 10 de diciembre de 1940. Esta percepción molestó, y mucho, al embajador François Piétri: "Los periódicos falangistas han utilizado incluso un lenguaje displicente, hablando de robo cometido por Soult y de la nueva España que hace respetar sus bienes".

Por otro lado, el traslado del lienzo de Murillo alcanzó cotas de aventura al tropezar "con los contratiempos y el mal funcionamiento de la administración francesa -ferrocarril, aduanas y Asuntos Exteriores-, que no parecen dispuestos a facilitar el transporte y el paso de la frontera", relatan los autores de El retorno de la Dama de Elche. Bajo el cuidado de René Huygue, conservador del Louvre, el cuadro cruzó buena parte de una Francia ocupada por el ejército nazi hasta llegar a Portbou. Primero, en tren, y luego, a causa de las intensas lluvias, en un camión entoldado que se abrió paso por las sinuosas carreteras del litoral que atravesaban localidades como Port-Vendrés o Collioure antes de llegar el paso fronterizo.

"Al otro lado de los Pirineos, Huygue encuentra una organización metódica y ciudadosamente prevista que le permite llegar a Madrid en la tarde del día 8", señalan Gruat y Martínez. El cuadro no retornaría a Sevilla, sino que pasó a formar parte, por razones de difusión, de la colección del Museo del Prado, que añadía una joya más a sus murillos, muchos adquiridos por Isabel de Farnesio, la esposa de Felipe V. En la pinacoteca madrileña se organiza un ciclo de conferencias dedicados al tema de la Inmaculada bajo el estandarte de la Sección Femenina de la Falange española. El Ejército, también en esos días, le rindió honores a la tela de Murillo.

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