Gómez Pereira: ni 'fou', ni fa

Manuel Gómez Pereira parece querer rejuvenecer su querencia por el cine de género, aquella con la que cosechara éxitos de taquilla en los primeros 90 gracias a un puñado de comedias que alguien llamó sofisticadas (Salsa Rosa, Por qué lo llaman amor cuando quiere decir sexo, Boca a boca...), en este inopinado cambio de tercio con el que se acerca a una (pequeña) historia de amour fou adolescente con aires de thriller de provincias.

Sin embargo, El juego del ahorcado batalla siempre contra sus propios materiales irreconciliables. La novela de Imma Turbau que le da sustento a través del guión de García Ruiz respira a duras penas entre la tupida y pesada puesta en escena, siempre un paso (o varios) por detrás de la locura y la energía que se le supone al texto. Así, el furor, la violencia, el desgarro o la pasión (sexo, crimen y muerte unidos en explosiva fórmula dramática) se intuyen sepultados por una superficie plana y convencional, a veces torpe, por una cámara pudorosa, por una música molesta y siempre mal colocada y por una desconcertante indefinición tonal. Es como si el director no supiera por qué carta apostar, desconfiando de la madurez de un público no preparado para dejarse arrastrar por una historia de arrebato y posesión en la que laten pulsiones demasiado animales para el paladar de la taquilla española. Recordamos entonces otros títulos que apuntan un recorrido similar, Les savates du bon dieu, del gran Jean-Claude Brisseau, La dama de honor, del maestro Chabrol, o Los amantes criminales, de François Ozon, filmes en los que se sabe dar forma propia al delirio del despertar sexual, a los cuerpos jóvenes como motores deseantes expuestos en carne viva.

Menos valientes de lo que nos quiere vender la promoción, en todo caso esforzados en el intento, la turgente Clara Lago y el descontrolado Álvaro Cervantes apuntan más a conseguir su hueco en el acomodaticio estrellato del cine español que a una verdadera inmersión en sus respectivos personajes. En todo caso, a su lado todos los demás (padres, profesores...) parecen auténticos principiantes.

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